Historia del pis

Estamos tan habituados a que cuando un vizconde coincide con otro vizconde hablen de cosas de vizcondes, que nos fascina si, de pronto, hablan entre sí de cosas de paisanos. Hace algunos años fui testigo de un instante así, hechizante y prosaico. Algunos periodistas asistíamos a una cena-coloquio del presidente de la Xunta. Llevábamos hora y media escuchándolo desmenuzar, más o menos atentos, su política económica. Por dentro, como es obvio, roncábamos. Cuando finalizó, en una de las mesas en las que se sentaban sus consejeros, alguien resopló con alivio y, en un tono que algunos periodistas captamos claramente, propuso: «Bueno, ¿nos vamos a putas?». Aquella frase no me pareció tanto una idea para lo que quedaba de noche, como esa clase de gestos que hacen los perros al despertar, para apartar el letargo. Julio CambaEn la vida es importante, de vez en cuando, sacudirse y cambiar de tema, o de voz, o de compañías. Cambiar de algo, aunque sea de zapatos. Incluso cuando eres vizconde.

Esta semana hemos visto departir a Carlos Slim, Amancio Ortega y algunos otros millonarios del montón en una tasca inmunda, en un pueblucho perdido de Ourense, como las que frecuentamos los lugareños, y creo que nunca nos cayeron tan simpáticos. Eran vizcondes, en cierto sentido, metidos a aldeanos. A menudo los ricos alcanzan las mayores cotas de apego cuando «son» pobres. En casos así la pobreza es digna de envidia. En realidad, la pobreza sólo da envidia cuando te la puedes quitar como si fuese un calzoncillo sucio. Es curioso, pero la celebridad nunca resulta tan admirable como cuando, esporádicamente, se permite ciertos vulgarismos. Me acuerdo de una estancia de los Beatles en Hamburgo, cuando una mañana, desde la azotea del hotel, John Lennon propuso orinar sobre un par de monjas que avanzaban por la acera. «Vamos a bautizarlas», dijo animado. El pasado de los grandes personajes está lleno, de hecho, de pequeñas meadas. Hasta el pis tiene una historia detrás. Norman Mailer era ya una gloria de la literatura cuando anunció que se presentaba a la alcaldía de Nueva York. Durante una charla en el Brooklyn College, un alumno quiso saber cómo se ocuparía él de una catástrofe de fuerza mayor como una gran tormenta de nieve. «Caballero –respondió Mailer–, yo mearía en la nieve».

Es encomiable el esfuerzo que hacen a veces los ricos para ser pobres. No digo que no les falte encanto a los pobres en su sueño de llegar a vizcondes. Es sabido que Juan March, en su día, le propuso a Julio Camba influir para impulsar su candidatura a la Academia de la Lengua, algo que, en esencia, no modificaba demasiado su estatus de pobre. «¿Académico de la Lengua?», preguntó el periodista, que quería llegar más alto. «Prefiero que me compre usted un piso», confesó Camba. March no se lo compró, claro, aunque sí le pagó de por vida una habitación en el último piso del Palace.

Cuando eres pobre, y miras hacia arriba, no pierdes tiempo en preguntarte qué han hecho los ricos para amasar su fortuna. Se entiende que a alguien habrán matado. Por otra parte, ya hay libros que te explican, en sencillos pasos, cómo conseguir tu primer millón de dólares. Tú lo que deseas saber es cómo hacen ellos vida diaria con todo ese dinero a cuestas, como una losa. ¿Leen a Faulkner? ¿Juegan al ‘Apalabrados’? ¿Van al váter? ¿Se hacen pajas? Esos interrogantes resultan apasionantes.

Foto: Julio Camba.

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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10 respuestas

  1. Los ricos también lloran, Sr. Tallón. Y se hacen pajas. Y hasta mean.

  2. Amigo Tallón (porque aunque no lo sospeches, tu eres mi amigo): Este texto podría substituir perfectamente a toda la diégesis marxista, a toda la bibliografía sobre Engels y debería convertirse ya, a partir de este mismo momento, en el nuevo manifiesto comunista.
    Toda mi colección de sombreros, gorras y biseras ya es suya. Lo dejo escriturado ante notario
    A sus pies para siempre

    • Algo así todavía no lo han hecho mis padres por mí. Ni siquiera me han dicho que me quieren!!!! Desde ya le digo que mi cráneo queda a disposición de su colección de sombreros. Como si hay que calarse una boina. Amigo.

  3. El adjetivo “admirable” no parece muy apropiado para un acto como orinar sobre otra persona. El status de celebridad, en muchos casos, proviene de la idolatría de los pobres de espíritu, cuya comunión es el consumo de la dieta que proporcionan las agencias de publicidad y propaganda. No es que Lennon fuera un mal coplista, pero ni como rebelde ni como santurrón demostró ser más que un egocéntrico enajenado de su propia importancia.

    • Creo que ha podido haber alguna confusión. El adjetivo “admirable” no actúa sobre el acto concreto de Lennon. Yo tampoco diría que mear sobre una persona sea admirable. Sí mantengo que, curiosamente, las celebridades (eso que llamamos celebridades, sin entrar a discutir si merecen ese status) se vuelven dignas de admiración por el público (tampoco entro a valorar si el público valora bien o mal) cuando se comportan como una parte de ese público. Vulgarmente.

      • Sí, parece que ha habido una confusión. El ejemplo de Lennon venía inmediatamente después de la teoría (“la celebridad nunca resulta tan admirable como cuando, esporádicamente, se permite ciertos vulgarismos. Me acuerdo…”) En cuanto al resto, sí es más que posible que el vulgo admire al ídolo de los medios de comunicación que se comporta de forma vulgar. Su posición en esa relación es la de voyeur, y uno de los fetiches que suministran ciertas producciones más o menos artísticas es el de la “girl next door”, el atractivo de la persona corriente. Alguien como él al que le pasan cosas que no le pasan a él.

  4. ¿No hablamos ya en algún momento de Amancio y sus batas?, ¿de que yo no me creía esos principios humildes? Créame, soy periodista, nunca me creo a los de mi calaña. Mejor, no me crea a mi tampoco, ya verá, ya.

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