Un detalle de mierda

Era la primera semana de agosto y yo no tenía donde caerme muerto, así que me fui al Reina Sofía, como otras veces. Me acomodé de pie ante el Guernica, vagamente interesado en el cuadro. Me gustaba tenerlo como banda sonora, acunando mis pensamientos mientras atendía al entorno. En este cuadro es muy importante precisamente el entorno, la atmósfera de que se rodea, los murmullos, las moscas, si las hay. Ese día, a última hora de la tarde, sucedió algo poco habitual, y durante unos minutos nos quedamos a solas con la pintura cuatro visitantes. Fue un instante mágico, de una soledad confortable y fresca. Todos estudiaban los secretos de la obra menos yo, que me fijé sin querer en uno de los vigilantes, en cuya frente se había detenido una mosca. Cuando la perdí de vista, desganado, advertí con fascinación que el vigilante estaba empalmado. No supe reprimir la risa, que apagué como pude con una mano. Hostia santísima, me dije, mientras comprobaba si las otras tres personas seguían mirando con obstinación la pintura. Lo hacían. En el Nabokovsiguiente minuto la erección siguió allí. El vigilante, curiosamente, parecía ignorarla, impertérrito, tal vez demasiado ocupado en tareas de vigilancia. En fin. Cuento esto porque ese instante fue la última constatación brutal de qué importantes son los detalles insignificantes.

Hacía tres semanas, tendido en la playa, había vuelto a sentirme acosado por esta teoría, leyendo Honrarás a tu padre, de Gay Talese, en cuyo transcurso se relata el asesinato de tres hombres mientras cenan en el restaurante Cypress Garden, en Queens (Nueva York). Las víctimas solían formar parte de la organización de Joseph Bonnano, jefe de una de las cinco familias de la mafia que había en Nueva York durante los años 60, aunque últimamente se habían unido a otra facción. El asesino, cuenta Talese, era un hombre «bajito y fornido» que entró segundos antes por la puerta trasera del restaurante y atravesó tranquilamente la cocina, ocultando la subametralladora debajo de su «gabardina negra». Pese a que había una veintena de personas en el local, nadie le prestó atención. Sólo las víctimas, que lo reconocieron y se pusieron en pie. Pero el arma ya los apuntaba directamente y «una ráfaga de veinte balas los alcanzó a corta distancia». El crimen se había consumado, y la muerte violenta de tres mafiosos parecía el hecho relevante de la escena. Pero entonces Gay Talese relata algo absolutamente insignificante, un detalle atroz y casi invisible, pero gracias al cual yo oí el clic de la página, y me la creí definitivamente. «Mientras el asesino daba media vuelta –escribe el autor– y se dirigía de regreso a la cocina, la otra gente que había en el restaurante se metió debajo de las mesas, se escondió en los rincones o corrió hacia la puerta principal. En una mesa desocupada fue encontrado un tenedor envuelto en espaguetis apoyado sobre un plato». Ese tenedor, el bocado de espaguetis que el comensal no pudo llevarse a la boca, es un detalle menor, bizantino incluso, pero resplandeciente, como cuando te fumas un cigarro en el desierto, en mitad de la noche (texto completo en Jot Down).

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Categorías:Literatura

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3 respuestas

  1. Quisiera yo saber a cual de los cuatro visitantes del museo miraba con atención el vigilante cuando se produjo el incidente eréctil. Ese detalle se le ha pasado por alto!

  2. Acabo de descubrir este blog y me parece muy bueno.

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