¿No pensarás salir así a la calle?

En el fútbol moderno, el peinado está por encima de la táctica, por encima de la preparación física, por encima del club. Tal vez, en un día no demasiado lejano, importe más entrar bien peinado al campo, y abandonarlo impecablemente, sin despeinarse, que ganar o empatar. Ya hay jugadores, de hecho, que van al fútbol a proponer un corte de pelo, cuando no un tinte. El juego, el sistema de ataque, las carreras arriba y abajo, las pérdidas de tiempo en el córner, y finalmente los goles, son sólo maniobras narcisistas, e inteligentes, para pasear tu peinado ante los espectadores. Era inevitable que esto acabase ocurriendo. Si cambian los valores, cómo no va a cambiar el fútbol. Todo cambia. Algunos ya fuimos a la universidad no tanto para formarnos, y ser algo en la vida, como para no levantarnos hasta las cuatro de la tarde, incluso para dejarnos el pelo largo y no lavarlo nunca. Sólo los más desgraciados fueron a la universidad para ser gente de provecho y, en el colmo del drama personal, quedarse calvos. Stanley MatthewsEse es justamente el tipo de lujo que un futbolista nunca podría permitirse hoy. Es mejor lesionarse, atravesar una larga convalecencia y regresar después de un año, entre algodones, pero bien peinado. No existe lugar para la alopecia en el fútbol actual. Ni siquiera es «alopecia» una palabra que quepa en el diccionario de los jugadores, al igual que «prognato», «zalema» o «apodíctico». Es evidente que estrellas del pasado como Di Stefano, Grzegorz Lato o Zidane estarían hoy abocados a la oscuridad.

En realidad, el fútbol ha tenido siempre mucho que ver con el pelo. La historia de Crisanto García Valdés, Tati, es conocida. Jugaba en el Sporting de Gijón y era calvo con veintipocos años. Alguien le habló un día de una peluca de fabricación alemana, y quiso probar. El invento funcionó. Valdés jugó con peluquín muchos partidos. Pero el 2 de marzo de 1975, el Sporting recibió a la Real Sociedad. El Molinón estaba a reventar. El partido se emitía en directo por televisión. En un balón dividido, Tati jugó de cabeza y perdió la peluca. El estadio emitió un respetuoso «¡Ooooohh!». El interior la recogió del suelo y volvió a acomodársela en la calva. Pero en el segundo despeje, la perdió otra vez. Una tragedia. El murmullo de la grada fue general, y Tati enfiló los vestuarios anticipadamente.

Al final siempre es importante que estés bien peinado. Quizá tú no lo sabes, pero tu madre sí. Por eso, cuando te levantas hecho una mierda, te metes en un pantalón y sales disparado de casa, buscando otra vez el bar, te sale al paso y te pregunta: «¿No pensarás salir así a la calle?» No es una pregunta retórica. Ni siquiera es una pregunta. Y no importa que tengas cuarenta años.

El aviso de que el peinado sería clave en el discurrir del fútbol moderno lo dio Stanley Matthews, un fino extremo inglés, durante un partido disputado en 1940 en Turín, entre la selección de su país e Italia. Inglaterra iba por delante en el marcador y, para perder tiempo, Matthews se dejó caer hacia el córner. Allí, pisó el balón, se limpió las palmas de las manos contra el pantalón, frotándolas, y a continuación sacó un peine y se arregló los cabellos. Aquel gesto generó cierta leyenda. Él negó siempre que hubiese usado un peine, aunque admitía que, después de limpiarse las manos, se había atusado el pelo hacia atrás. Nada más. Pero los espectadores que había en el córner aseguraban otra cosa.

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Categorías:Fútbol

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1 respuesta

  1. Zidane me pone, y Guardiola. Los dos, escasillos de pelo. No les hago ascos.

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