Yo quería ser taxidermista

En agosto, esta ciudad se convierte en esa clase de lugares, familiares e inhóspitos, que no existen. O, en todo caso, existen vagamente, por referencias, una cita en una novela, una catástrofe en el periódico, y tal. Creo que es una de las razones por las que me gusta. Y porque soy vecino de Yosi, de Los Suaves. Aquí todos nos conocemos, pero sin saber muy bien quiénes somos. Eso te permite llevar una existencia apacible, casi aburrida, y portar de vez en cuando un libro de Faulkner bajo el brazo sin que nadie te pregunte si «ese Faulkner es de aquí». Todo ello, sin renunciar, como me ocurrió la semana pasada, a cruzar unas palabras sobre las cazadoras de verano, en mitad de la calle, Vargas Llosa en Ourensecon el presidente de la Diputación de Ourense, que en ese momento me pareció un sastre camino de su negocio.

Este modo difuso de existencia que llevamos aquí convierte la sastrería, o la reparación de calzado, o la mercería, en oficios casi poéticos, como cuando eres vizconde y cuidas de tus propias gallinas. La sencillez, después de todo, es exuberante. Durante una época, cansado del periodismo, yo soñé con ser taxidermista. Algunas veces soy así de memo. Pensaba que era de esa familia de ocupaciones que te ayudan a llevar una existencia gris, apasionante y lenta, sin salir de Ourense. Creía que taxidermista era lo mejor que se podía ser aquí. Mejor que ser periodista, desde luego. Mejor que sastre. Mejor que escritor. Incluso mejor que presidente de la Diputación. En mi fantasía, no podía resultar tan difícil. Hasta mi padre, en una ocasión, había disecado una zorra, atrapada a lazo por un vecino dentro de su corral. Mi progenitor no sabía nada de taxidermia, y acudió a un padre de la orden mercedaria que tenía el título. Resultó un empeño muy personal y cerril. Creía que el animal quedaría muy bien en la mesa del comedor. En fin. Una vez yo también creí que me vería favorecido con una camisa color salmón. Lamentablemente, el fraile le pidió un dineral que no lo valía la zorra ni la vida de mi padre juntos. Al salir del claustro, y girar la calle, arrojó el animal a un descampado, lleno de furia y ruido, muy frustrado. (Ojalá hubiese hecho yo algo parecido el día que compré la camisa). Camino de casa, cabizbajo, entró en la farmacia, y cuando le contó el caso al farmacéutico, éste le dijo que tenía un par de libros sobre taxidermia, precisamente. De repente, las circunstancias viraron algunos grados. Mi padre recuperó el entusiasmo y regresó corriendo a por la zorra, acechada ya por media docena de perros hambrientos.

La taxidermia está exenta de días de vértigo, incluso de noches insomnes. Pero te provee de melancólicas anécdotas, como cuando regentas la mercería ‘La elegancia de París’ y un día aparece por la puerta Vargas Llosa a comprar un botón para el abrigo, como ocurrió durante una visita del escritor a Ourense. La taxidermia es, sobre todo, un bello relato, una tarde en la que oyes cómo la lluvia golpea la ventana, me decía aquellos días en los que suspiraba por abandonar el periodismo. Cuarenta años después, mi padre todavía habla de aquellas semanas que vivió peligrosamente disecando la zorra. En el pueblo se cruzaban apuestas. Miento, no se cruzaba nada. La gente no daba un duro porque lo consiguiese. Y menos, su familia. No tenemos la manía de creer unos en otros. Una tarde, para sorpresa de todos, anunció que la zorra estaba disecada. Faltaba encontrarle unos ojos de cristal. Alguien le habló de una pequeña tienda en Ourense, cerca de la catedral. Tan pronto supo que Ramiro, un tipo servicial, y más bien tosco, bajaba a la ciudad para ir al médico, le hizo el encargo. Cuando salió de la consulta del internista, nuestro vecino se acercó hasta la tienda sin pérdida de tiempo. Se dirigió a la mujer que había detrás del mostrador, que ganchillaba turbadoramente, como si cargase el tambor de un revólver. «Buenos días», dijo Ramiro. Ella apartó la labor muy despacio, en silencio, aunque mantuvo el gesto seco. «Señora, ¿tiene ojos de zorra?» Apenas pareció una pregunta. La mujer lo cacheó con una mirada de arriba a abajo, y desapareció detrás de un visillo arrastrando mucho los pies, como si nunca fuese a regresar. Sí que tenía ojos de zorra, contó Ramiro.

Foto: Mario Vargas Llosa.

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Categorías:Vida diaria

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7 respuestas

  1. Este inicio recuerda un poco aquello de: “¿No podría usted haber plagiado a otro? ¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?”

  2. No está mal lo de taxidermista, aunque con tanto muerto vivo que anda suelto por estos días la obra quedaría un poco deslucida.

  3. Sólo me interesó el oficio de taxidermista durante un minuto, cuando vi una peli de Ricardo Darín en la que el arranque muestra que él se dedica a ese oficio, ¿era ‘El aura’?, ahora no recuerdo el título, pero está claro que aquel inicio de película se me quedó, aquel trabajo, con todos sus detallitos, una monada.

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