¿Qué fue del sifón de toda la vida?

Mi hombre en Campelo (Pontevedra) y yo nos sentamos en la terraza y pedimos dos dry martinis, por lo que pudiera pasar. Ese día habíamos quedado con unos amigos a los que aún no conocíamos, salvo del twitter, para enseñarles a beber y facilitarles algunas nociones de fútbol. Estábamos pegados a la carretera y la velocidad de los coches nos despeinaba y nos peinaba, sucesivamente. No le comenté nada, porque Rafa Cabeleira tiene pinta de ser un tipo aprensivo, con miedo a las arañas, pero ser arrollado por un vehículo mientras bebes Sean Conneryun dry martini en una terraza, con vistas a la isla de Tambo, siempre me pareció una bella y absurda forma de morir. No pudo ser ese día. A cambio, en un arranque de nostalgia, pregunté al camarero si en aquella casa había sifón. No sé por qué lo hice, pues nunca suavizo el alcohol. Es pecado. Ni siquiera dejo una copa a medias. Trae mala suerte. La pregunta sucedió, simplemente.

La vida a menudo consiste en hacer cosas sin venir a cuento, carentes de causa, como matricularse en periodismo o pedir sifón. Hace un par de años, mientras aguardaba en la calle por una amiga, reparé en una tienda de ortopedia. Llevaba media hora esperando, poseído por los demonios, y me dio por entrar y preguntar si vendían bastones, para pasar el tiempo. «Por supuesto», respondió el encargado. Era el estímulo que necesitaba. Me compré uno y casi salí cojeando. Qué preciosidad, pensé mientras hacía los primeros apoyos. En el tercer bar, lo dejé olvidado en un paragüero. En fin, las cosas a veces pasan de un modo que nunca se habían planeado.

Cuando el camarero reapareció en la terraza, donde Rafa y yo seguíamos peinándonos infructuosamente, advertí que el sifón que había traído no era sino una versión sofisticadísima de lo que yo esperaba. Experimenté una de esas decepciones que te dejan derrengado tres días. Aquello no era un sifón. Era un sifón, naturalmente, pero no la herramienta heroica y trasnochada con la que yo había imaginado reencontrarme. Aquel bar, pensé para mí, no resultaba lo suficientemente mugriento, abandonado y oscuro para ser el último reducto del sifón clásico. Pegué un trago al dry martini y me lancé a un breve discurso: «¿Qué fue del sifón de toda la vida?», pregunté abatido a Rafa, casi llorando, una vez se retiró el camarero al interior del local. Se encogió de hombros, como diciendo «la maldita modernidad hace tiempo que acabó con nuestros mejores atrasos». No sé de dónde sacamos fuerzas, pero nos rehicimos, y aunque no estábamos para grandes francachelas, después del episodio del sifón, esa noche enseñamos a beber a nuestros amigos. Hacía ya tiempo que, como aquel paisano, habíamos pasado de asegurar que «en este país todo está por hacer», a lamentar que «en este país no hay nada que hacer». Salvo beber como en los viejos tiempos.

Foto: Sean Connery.

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Categorías:Bares, Vida diaria

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14 respuestas

  1. Ud se va de copas con amigos de Twitter y no me invita? Espero que se haya repuesto del mal momento con el sifón posmoderno.

  2. Como dijo Bretch, “cuando el alumno ha olvidado los errores del maestro, éste todavía los recuerda”.

    Siempre es un placer leerle.

    Sigo opinando que Juan Cañón es un gran nombre.

    Saludos.

  3. Cuando vengas a BCN a presentar el váter, aprovecha y pásate por Cambrils: en ‘la casa del vermut’ tienes, dentro de un caldero de estaño, un litro de vermut de bodega y un sifón para que le des sin descanso a la palanquita, hasta que te jartes.
    Me hubiese gustado mucho ir a La Central del Raval para conocerte, pero coincide con un viajecito al Norte. ¡salud!

  4. Enhorabuena por Descartemos el revólver. A ver que nos depara el váter de Onetti.

  5. No quiero darle falsas expectativas, pero me da que por mi barrio, Gràcia, alguna bodega -de esas que parecen extraídas de alguna página olvidada de Josep Pla- debe todavía mantener el mencionado artilugio. Y si no, ya sabe, a seguir el consejo del periodista de hace alguna entrada de irse a dar una vuelta por alguna “casa de barrets”, de las Barcelona no se puede decir que carezca.

  6. Recientemente, en un bar de Madrid, a mi santa madre se le ocurrió pedir sifón para el vermú. La camarera, foránea y extranjera, insultantemente joven, nos contempló ojiplática, y, en su afán de agradar, sacó una botella de plástico, de litro, mediada de gaseosa (y ni siquiera La Casera), preguntando si era eso lo que quería. Tanto abatimiento y tristeza nos produjo aquello que hasta cuatro o cinco bares más recorrimos pidiendo vermús con sifón, yéndonos la vida en ello, sin éxito con el sifón pero sí con los vermús.
    Así acabé emborrachándome con mi madre, por culpa del sifón. Y sin haberlo planeado, claro.

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