La felicidad de los relojes

No tengo la costumbre de usar reloj, salvo en ocasiones muy especiales, desprovistas, curiosamente, de cualquier encanto que pueda hacerlas especiales. Ni siquiera hablo de un viaje a París, o de una comida con un director de periódico. Me temo que podría regresar a casa sin reloj. En realidad, me refiero más a una boda, incluso a un entierro. Me gusta seguir la ceremonia fúnebre, consultar el reloj, y decir para mis adentros: «Hora de la sepultura…». Es curioso, porque cuando me pongo el reloj, elijo un modelo que no funciona desde hace algunos años. Las agujas están paradas en las ocho y media. Es una vieja hora a la que tengo cariño. No recuerdo por qué. Tal vez porque cuando es primavera, y las tardes parecen mecerse como si fuesen a durar toda la vida, me gusta la luz reclinada del horizonte. Quizá sólo sea que no me agradaría, cuando esté a Relojpunto de morir, ver la hora real y advertir que por unos minutos me voy a perder los titulares del Telediario. Manejo la teoría de que cuando agonizas sólo consigues pensar en gilipolleces de este estilo. Me conozco y soy capaz de lamentar no vivir hora y media más para abrir Orbyt y leer la columna del Jabois. Sólo espero que si ese día llega, Jabo me envíe un borrador unas horas antes.

Ni siquiera tienes que ser el muerto para decir majaderías. Es posible que, cuando ya estés frío, los que te velan, quizá calculando en qué bolsillo guardas la cartera, también las reproduzcan. Ahí está el caso de la madre de Borges. En 1975, a los 99 años, moría doña Leonor Acevedo. Durante el velatorio, una vecina se acercó al hijo de la difunta, y le susurró: «Pobre Leonor, morir así, tan poquito antes de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poco más…» Borges, que sabía que la muerte te anima a decir bobadas, y a mirar el reloj, respondió: «Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal».

La gente que usa reloj acaba haciendo planes, construyendo esperanzas de varias alturas. Se hacen a la idea de que los relojes están llenos de futuro y oportunidades. Sólo necesitan saber que el tiempo no se detiene nunca y que cada minuto es siempre un lugar por descubrir. Y que eso les hará felices. Pobres. No sé hasta qué punto es bueno ese entusiasmo entorno a la hora exacta. A mí siempre me hace desconfiar la gente que siempre sabe a qué hora van a ocurrir las cosas. Recuerdo que Cioran, que no necesitaba saber la hora, porque de todas formas creía que todo iría mal, coincidió una vez en la calle con un amigo al que hacía mucho que no veía. Éste le dio la noticia de que se casaba al día siguiente, a mediodía. Ya todo era cosa, digamos, de unas horas. El filósofo se asomó al reloj de su amigo, escrutó el tiempo que restaba hasta la ceremonia, y trató de disuadirlo. «Pero de todos modos –insistió el amigo– me gustaría dejar mi nombre a alguien, tener descendientes, tener un hijo». «¿Un hijo? ¿Y quién te dice que no sería un asesino?», alegó Cioran.

Foto: El hombre mosca (1923), de Harold Lloyd.

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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21 respuestas

  1. ¡Qué bueno sería saber de dónde saca esas fantásticas anécdotas sobre las que pivotan sus textos!

    • A menudo las encuentro por la calle, tiradas en el suelo. Pasa que yo soy de esos pobres tipejos que se agachan y las recogen. Naturalmente, este comportamiento cuaja en la infancia, cuando me doblaba para recoger no tanto historias como chicles, o pesetas, o cigarros a medio fumar.

  2. Sospechaba que eras un poco Cronopio. Ya sabes lo que decía Cortázar de los relojes: cuando te regalan uno, en realidad tú eres el regalo.

    ¡Salud!
    (Esta entrada tiene un punto de lirismo que me gusta)

  3. Ud usa reloj en velorios y bodas, lo que me recuerda a un jefe que tuve a quien veíamos vestir de traje sólo cuando había casamientos, velorios o defensas de tesis doctorales. No recuerdo si además usaba reloj.

  4. Sin relojes, con Borges, Ciorán y Tallón, no me cabe mejor vuelta a casa. Gracis, como siempre.Necesitaba
    urgentemente una inmersión en la lucidez

  5. Alguna de sus hipótesis explica los hechos. No vuelva a dejar que me marche. Tengo remordimientos y ello me conduce al pasado terrible de mis años adolescentes, la confesión, la penitencia. No le prometo nada. Podría entrarle más miedo. Pero, por favor, no dejede escribir así, de la mismísima mano del geniecillo maligno, o burlón. Un bico.

  6. No quería ensuciar la biografía de una mosca con un comentario, así que te lo dejo aquí:

    “Se dice: es incapaz de hacerle daño a una mosca, y esto no parece significar nada. Pero observemos cómo mueren las moscas pegadas en el papel –el que se fabrica para ellas- y comprenderemos que el inventor de la frase había contemplado largamente esa agonía atroz e insignificante, esa muerte lenta que apenas exhalará un leve olor de putrefacción. (El lugar común es siempre obra del genio.)”

    Albert Camus
    Carnets, 2
    (Alianza Losada, p.190)

  7. Aunque las agujas de mi reloj funcionan perfectamente, no así el casillero donde están el día del mes y el de la semana. Aquel es el cinco, número para mí sin más historia. El segundo, por supuesto, el domingo. ¿Homenaje al vacío de lo divino, a lo futbolístico o directamente a la más cruda pereza? Lo cierto es que nunca me he sentido tentado de ir al relojero a arreglarlo.

  8. He estado catorce veces en un tanatorio. Por el contrario, sólo he estado presente en una boda. Teniendo en cuenta que a lo segundo te invitan y de lo primero te enteras, se puede decir que mi persona queda bien retratada en este cómputo.

    Sea como fuere, a estos sitios siempre llevo reloj. No por lucirlo, aunque es un Tissot de lo más elegante, sino para no amenizar durante demasiado tiempo el lugar con mi presencia.

    Abrazos, amigo Tallón.

  9. También me gustan los relojes de brilli brilli, usted no sabe con quién trata 😉

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