El tercer tiempo

Cada cierto tiempo irrumpe un portento en los campos de futbol  que deslumbra a los aficionados, y a los periodistas, mientras inicia lentamente el camino a su autodestrucción. Es joven y simpático, pero su desparpajo y talento ya prometen calamidades. No decimos que sea habitual, pero pasa a menudo. Voltaire sostenía que hay que estar poseído por el diablo para triunfar en cualquier arte. Ese jugador que, desde que apenas era un cadete, juega con cerillas, es la clase de transgresor que maneja la idea de que el fútbol es mucho más que fútbol, y que por momentos, ni siquiera tiene nada que ver con el fútbol, tal y como aprendió en su barrio, donde hay camellos, obreros, soldadores, incluso alguna artista. En cierto sentido, ésta es una idea irreprochable, salvo por los matices colindantes. En su teoría, el deporte no es algo que se agote en noventa minutos, sin contar el descanso. brian-cloughNi siquiera es una cuestión de vida o muerte, o incluso algo más importante, como afirmaba Bill Shankly. El fútbol solo, entendido como un cóctel austero de deporte y renuncia al resto de placeres de la vida, no cura la sed. Hay que mezclarlo con algo más.

El futbolista que se destruye poco a poco, pero sin noción de hacerlo, entiende que, antes y después del partido, existen otros trámites que conviene cumplir. Papeleo, si quiere decirse así, pero que hay que sacar adelante. Es importante, sin más. En rugby, por ejemplo, cuando acaba el partido, disputado a cara de perro durante dos partes de cuarenta minutos, comienza el «tercer tiempo». Se trata de un feliz hallazgo terminológico, con el que los jugadores se refieren al bar en el que se citan después de ducharse y peinarse, para disfrutar de una bebida reparadora, que ponga las cosas en su sitio. Hablamos de reconciliarse con el sacrificio y los esfuerzos realizados durante la semana. En fútbol nunca existieron esos códigos sociales. Ese trago, y otros, son en todo caso un código personal, que asume la oveja negra del vestuario, por su cuenta. Aunque es sabido que en el vestuario del Nottingham Forest, en la etapa que fue entrenado por Brian Clough siempre había una botella de brandy a mano, para las urgencias. Eso no fue un obstáculo para que se proclamasen dos veces campeones de Europa.

Cuando una estrella asume que el fútbol y los aplausos arrastran tanta felicidad que lo hacen infeliz, los códigos generales pasan a importarle una higa, y se provee de códigos propios. Como cuando Benjamin Disraeli decía, socarronamente, que si algún día necesitaba leer un libro, lo escribía. Ciertas carreras, cuando brillan al máximo, basta que brillen brevemente. El propio futbolista va desenroscando en persona las bombillas, una a una. Cuando se hacen las sombras, y la gloria pasó, al fin se puede ver al futbolista acabado, preguntándose cómo pudo llegar a esta situación, y si no tendría razón Quevedo cuando advertía que el declive humano empieza a los seis años.

Foto: Brian Clough (izquierda).

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Categorías:Fútbol

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8 respuestas

  1. Nosotros estamos demasiado en declive para poder hablar de declive.

  2. En el camino de la autodestrucción estamos todos, Sr. Tallón. Desde hace rato.

  3. Buenos Días.
    Me tomo la libertad de dejarte un enlace con “otra foto” de Clough y Shankly.
    https://es-es.facebook.com/photo.php?fbid=494394720655701&set=a.167092183385958.35810.158607037567806&type=1&theater

    En los comentarios se menciona este blog.

    Perdona las molestias.

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