Mi revólver y yo

Me gusta tumbarme en el sofá y mirar fijamente una grieta que hay en el techo. Cuando no tienes nada que hacer, acabas por no tener tiempo más que para cosas ridículas. Esa grieta me recuerda al mapa de Rusia, cuando su costa se pega al Ártico y va en busca de Alaska, como si quisiesen pasar la vida juntos. No sé. Hay algo en esa hendidura que me arrulla. Podría pasarme la vida mirándola, sin pensar en el gintonic. El lunes estaba atrapado en su embrujo, en silencio, tenuemente feliz, cuando sonó el timbre. Me estremecí. «Son ellos», susurré. Durante un lapso breve, frío y oscuro, me quedé clavado, a merced de la indecisión. Todo se volvió ajeno: el pijama, las zapatillas a cuadros, incluso la grieta, que empezó a parecerse a la frontera del Gobi. Edward G RobinsonEn ese segundo gélido e aceitoso que abrió el timbre, no supe si caminar lentamente hacia la puerta, o correr hasta la habitación, bajar las persianas y esperar a que fuese martes.

Fue como si sintiese los pasos de la infancia acercándose despacio, muy despacio, casi como alejándose. ¿Y si eran «ellos»? Algunos días, cuando estoy solo en casa, en el filo de la felicidad, y tocan el timbre, escucho otra vez la voz heladora de mi madre diciendo «son ellos». En ese recuerdo yo tengo nueve años y alguien toca la puerta un par de veces, como si viniese a matarnos vagamente, a semejanza de un relato de Hemingway, donde el crimen es sólo una inasible ráfaga de viento. Es domingo, mi madre se asoma a la ventana, mueve un poco la cortina para espiar quién llama, y se vuelve hacia nosotros con los ojos errantes. «Son ellos», dice. Habla con tanta fatalidad y tristeza, que suena a «somos hombres muertos», en la voz de Edward G Robinson. En ese momento, toda la familia sabe que al otro lado de la puerta hay dos testigos de Jehová. Volví a sentir ese miedo el lunes, y añoré que no estuviese mi padre, como en aquellos domingos, para decir «quietos. Abro yo». Pese a todo, me encaminé a la puerta, crucé las llanuras de Siberia, los montes de Cherski, hasta avistar el estrecho de Bering, como en la grieta del techo. Finalmente, abrí la puerta y vi a un hombre bajito, calvo, que sin embargo me pareció tener mucho pelo, por el efecto de sus cejas.

«¿Tiene alarma antirrobo?», me preguntó en los primeros compases. No sé por qué, me pareció que tal vez esa era una información delicada, y contesté brevemente, sin contestar demasiado. «Buenoooo…». Nunca encuentro una frase lapidaria cuando la necesito. Naturalmente, a toro pasado, hubiese dicho «No tengo alarma, ni la preciso. Me apaño bien con un revólver del 22 largo. ¿Quiere verlo?». Mis titubeos le dieron alas, y comenzó a hablarme de que bandas organizadas estaban arrasando el vecindario. «Ni siquiera les importa que haya gente en casa», añadió, para aterrorizarme mejor. No valió de nada decirle que yo era pobre como una rata. «Se llevan hasta las ratas», bromeó. Sólo cinco minutos antes yo era un hombre aburrido y feliz bajo la grieta, y ahora me parecía que, en cualquier instante, el mismo señor que quería venderme una alarma sería el que, horas después, entraría en mi casa para robarme Crimen y castigo o Manhattan Transfer. «Bueno, qué me dice. ¿Instalamos esa alarma?», preguntó, casi como en una secuela del robo. Me sumí en un misterioso silencio, como de cigarro. «En realidad –dije por fin–, creo que me voy a ir de la ciudad».

Foto: Edward G Robinson.

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Categorías:Vida diaria

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20 respuestas

  1. Ah!, ¿usted no estará leyendo a John Connolly últimamente por un casual?

  2. Hace bien, váyanse de esa ciudad, allí lo mejor que puede pasarle es la visita de los testigos de Jehová. Como para empezar, organice una presentación de su libro en Berlín, que en la librería dónde encargué mi ejemplar me dijeron que era el segundo pedido que les hacían. Se da cuenta Ud? En Berlín tiene dos lectores. Dos! Cuántos tiene en su ciudad? Me refiero a los lectores genuinos, no a los parientes o amigos que lo leen por obligación.

    • Dos lectoras berlinesas es más de lo que yo le hubiese pedido a la vida. Eso, que parece poco, es muchísimo, ya que me permitirá, en mi próximo viaje, cenar con cada una de ellas.

      • Frau Merkel debe estar ya al tanto de sus intenciones. Tenga cuidado, quien le asegura que no sea ella una de sus lectoras, recuerde que confesó que le agradaría compartir una cena con el señor Del Bosque y, dado el empeoramiento de la situación económica en España, podemos suponer con toda razón que dicho encuentro no ha sucedido o bien no ha sido satisfactorio.

      • Yo cenaría con esa señora encantado de la vida. Me gustaría hacerle esa pregunta que Woody Allen, no recuerdo si en la realidad o en una de sus películas, le expuso a la reina de Inglaterra: “Hola, qué tal. ¿Disfruta usted con su poder?”.

  3. Me gusta especialmente lo del”silencio misterioso, como de cigarro”, define de forma muy plástica toda la turbación que se puede experimentar ante un inagotable vendedor a domicilio. También funciona apelar a un primo loco que tiene uno alojado y que colecciona bombas de mano. Le juro que lo utilicé no hace mucho en mi casa de Baiona, ante una incansable comercial de alarmas. Creí ver pasar una sombra de
    pavor por su rostro, sospecho que quedó convencida de que la loca era yo.
    No puedo menos que agradecerle la deliciosa experiencia de haber saboreado su libro. Me zambullí en el como una posesa y sólo lamenté que se acabara. Así que lo vuelvo a leer para disfrutarlo de nuevo.Una
    joya. No se vaya ,por Dios, le promociono el libro como lectura obligatoria para todos los estudiantes de bachillerato. Un abrazo.

  4. Sí que dan ganas de irse, Tallón. De salir corriendo. Abomino de mi ciudad, siento vergüenza y pena por el Madrid de los últimos años, aunque llevara ya muchos más sin abrirle la puerta a nadie.

  5. Ya sabrá que es importante que exista “al otro lado”, alguien que lea o escuche ( y claro, que no posea la impertinencia de los “amigos de Jehova”; porque me deprime todo lo que tenga que ver con jueces y testigos). Bueno, tambien es vital para los que leemos, que este muy presente en ese otro lado. No quisiera permitirme halagarlo mucho; pues nunca vislumbramos bien lo perjudicial que puede acarrear ello. Solo déjeme decirle, que he sobrescrito el titulo de su blog en este mi lado, por el de: “pequeños placeres”.

    • Si no existiese ‘el otro lado’ todo sería más tedioso. Muchos de los que estamos a ‘este lado’ huiríamos corriendo al otro, de hecho. En cuando a los pequeños placeres, le diré que ‘pequeño’ es el tipo de adjetivo del que se proveen los placeres importantes para pasar desapercibidos.

  6. No puedo dejar de agradecerle la envolvente y lánguida sensación de paz que me invade cuando miro las casi cualquier grieta que encuentre, desde que leí este buen artículo. Un sincero agradecimiento para vd.

  7. No venga al sur, aquí ya no queda ni el sol, nos lo han mangado, fijo.

  8. Muchas veces noto residuos de Perec en tus escritos, como esta grieta de Un hombre que duerme o como el protagonista de El váter de Onetti que escucha a través de la pared (la fascinación de uno equivale a la indiferencia del otro).

    O bien Rocío y Pablo cometiendo un atraco cuando el mismo Perec comentaba acerca de Las Cosas:
    “J’ai comencé par écrire un roman, c’était même un roman d’aventures, c’était l’histoire d’un hold-up qui apparaît d’ailleurs tout à la fin mais qui ne dure qu’une demi-page. Je voulais un hold-up qui soit commis par des jeunes gens très décontractés et qui seraient psycho-sociologues et qui se serviraient de leur magnétophone pour commettre le hold-up…” Rocío y Pablo tienen algo de Sylvie y Jérôme.

    En la presentación de tu libro en Barcelona, el editor te reprochó afectuosamente “tener demasiadas lecturas”. Supongo que se refería a la cantidad de citas y referencias que aparecen en El váter de Onetti. Y Perec: “Je ne sais pas très bien, mais il me semble que depuis certain temps déjà, depuis les Surréalistes en fait, on s’achemine vers un art qu’on pourrait dire “citationnel”, et qui permet un certain progrès puisqu’on prend comme point de départ ce qui était un aboutissement chez ses prédécesseurs […]. Le collage, pour moi, c’est comme un schème, une promesse et une condition de la découverte”.

    El placer por lo infraordinario.

    Antes de escoger el título definitivo de su novela Perec pasó por varios episodios. La novela se llamó sucesivamente: “La vida, instrucciones de uso” o bien “La vida: instrucciones de uso” o bien “La vida (instrucciones de uso)”. Al final decidió eliminar toda subordinación y quedarse con el título La vida instrucciones de uso. Tu insignificante anécdota de Oscar Wilde me hizo pensar en esto.

    Pero ya me voy por las ramas. ¿Una lectura demasiado perec-LLana? Lo siento por dar la tabarra.

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