«Come pan»

Yo he hecho dos veces el ridículo con sincero énfasis, incluso con cierta clase. Naturalmente, sin énfasis, y sin clase, han sido muchas más. No sé contar. Muchasísimas, una temeridad. Pero en esas dos ocasiones, hubo algo especial. En realidad, todo ocurrió bajo la convicción de estar acertando. Hace unos meses, entré en directo en una radio para hablar de El váter de Onetti. La periodista hizo una hermosa entradilla que casi me hace creer que sabía escribir. Ofreció unas pinceladas sobre algunos episodios míos en discotecas, y detalló, para engordar mi importancia, más bien flacucha, los libros que había escrito. En el segundo que me cedió la palabra para el saludo, me pareció oportuno corregir un pequeñísimo dato, insignificante, pues me había atribuido un título del que yo no era autor. No se trataba sino de un error leve, pero callar cuando te atribuyen un libro ajeno es, de algún sentido, como robar. En ese instante, pensé en el día que una cajera de Carrefour me devolvió diez euros de más. Con la diferencia de que en una ocasión así te callas. Sólo piensas en salir rápido del supermercado y despilfarrar los diez euros. Como si tuvieses más. Hecha la precisión, ella se disculpó y yo, a solas por fin con mis libros, me sentí ligeramente aliviado. Creo que fue como la vez que gay-talese-01Josep Pla, al tercer día de su llegada a Andratx para pasar unas vacaciones con los Porcel, en 1965, escribió con fina sobriedad en su diario: «Hoy me he aclimatado (porque he ido al váter)».

Finalizada la entrevista, regresamos al tuteo y la periodista dijo que no sabía por qué, pero estaba casi segura de haber leído en algún sitio de fiar lo de «ese libro». Dibujó, con una sonrisa rota, un mapa de su desconcierto. Me empezaron a entrar las dudas y rápidamente se me contagió su turbación. Tan pronto abandoné la emisora, llamé a casa por si a alguien le sonaba que yo hubiese escrito aquel libro, después de todo. Me confirmaron que sí. «Por qué lo preguntas», quiso averiguar mi madre. «Por nada», le expliqué, y colgué.

Estas cosas pasan, me dije para animarme. Y de pronto, recordé que venían de familia. Mi abuelo se llamaba Silverio Tallón Reigada, y un día apareció un mensajero con un paquete para Silverio Tallón Núñez. «Hay algún error», dijo mi abuelo, gruñando. «Aquí no existe ningún Silverio Tallón Núñez. Yo soy Silverio Tallón Reigada, para servirle». Trabajaba en el registro y presumió de conocer a más de cinco mil personas por sus nombres y apellidos. Afortunadamente, en ese momento pasaba por allí una vecina, que le alertó de que a ver si Silverio Tallón Núñez, más conocido como Pepe, iba ser su hijo. Sí, era.

Ya me había repuesto del ridículo, cuando hace un par de semanas me llamaron de un periódico. «Y dime, qué es eso tan importante que hace un escritor todos los días», preguntó. No sé que clase de respuesta esperaba, pero yo no tuve ni que pensarla. «Salir a comprar el pan». En la infancia, mi madre se pasaba las comidas diciendo «come pan». Mi hermana y yo nos hicimos a la idea de que no comer pan era de mala educación. Aprendimos que la vida no tenía sentido sin pan. Te despistabas metiendo dos bocados seguidos al bistec, y ya oías aquella voz: «Come pan». Desde entonces, nada es lo bastante importante en mi vida que no pueda salir antes a comprar una barra. Ni siquiera escribir. Es un ceremonia lo suficientemente ridícula como para ser sustancial. Las cosas importantes, a la postre, no son sino una suma de cosas intrascendentes. Como cuando Gay Talese dice que no puede escribir sin un traje de tres piezas, reluciente. Yo, así, no sabría ni escribir mi nombre. Como mucho, me vestiría así para mi entierro, y aprovechar una camisa color salmón que tengo.

Foto: Gay Talese.

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Categorías:Literatura, Periodismo, Vida diaria

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20 respuestas

  1. En mi casa el mantra era “bebe agua”.

  2. Ustedes, después de todo, eran personas afortunadas. Mi padre, cada vez que levantaba la vista de la sopa, y me miraba, me decía: “Límpiate”.

  3. Señor Tallón, gracias a usted me acabo de aclimatar. Este blog no tiene precio.

  4. ¡Qué hijo de puta, Pla! Era único (hijo de puta y gran escritor). Yo a veces le entiendo, y a veces estoy a punto de perdonarle que fuese espía de Franco, porque en casa de los Porcel, lo mejor que podía hacer era cagar.

    Continuo disfrutando de tus piezas, Juan

  5. Sr. Tallón, ¿cuándo ha tenido usted un gran día, de esos que al parecer no merecen ser recordados en un post? Háblenos de un éxito. Cante un día de cólera. Explique por qué, con las penas que detalla, la gente no deja de leerlo.

  6. Sale Ud a comprar el pan con la camisa color salmón?

  7. Fabríquese una bolsa para el pan con la camisa salmón, le puede quedar mas lucida que de mortaja. Yo tenía una tía, un tanto pintoresca (también me viene de familia), que la primera vez que la llevaron a una cafetería y pidió un café con leche, preguntó alarmadísima:”¿E o pan, aquí non nos dan pan?” Coincido, el pan es más esencial que recordar el nombre de un libro. Por cierto. Ya está concertado su encuentro con los jóvenes lectores de mi antiguo
    instituto. Para concretar, usted que sabe mi correo, dígame que debo hacer.

  8. E se é de Carballo o pan,mellor que mellor 🙂 Xa o di Manolo Rivas, quen, con moi bo siso, o primeiro regalo que lle fixo a súa nai foi un pan de Carballo 😉 http://www.turismocarballo.com/informacion.php?idioma=es&info=164

  9. A mí lo que me intriga es saber cómo pasa uno de llamarse Silverio Tallón Núñez a llamarse sólo Pepe. Usted, que tanto sabe de la importancia de los nombres, debe explicar esa historia.

    • Mis abuelos tuvieron nueve hijos, pero mi abuela nunca le permitió a su marido ponerle a uno de los varones su nombre. No le gustaba. Un día, cuando tocó registrar al último, y aprovechando que mi abuelo trabajaba en el registro civil, lo inscribió con el nombre de Silverio. A espaldas de su mujer. Cuando ella se enteró, a los pocos meses, montó en cólera, y lanzó una de esas maldiciones que quedan en la Historia: ‘Ser será Silverio, pero todo el mundo le llamará Pepe’. Así fue.

  10. El mejor gran ridículo de mi historia fue en un reencuentro de antiguos alumnos, donde una ex compañera me dijo que le sonaba la cara de mi pareja de aquella época y yo le dije: no creo. Lo dije como si él no hubiera tenido vida previa. Resultó que habían sido novios, fíjese, con piso comprado y todo. Se caga la perra. Eso me pasa por acudir a semejantes mierdas de reuniones.

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