El post-it amarillo

Hay semanas que tienes tantas cosas que hacer, que sólo tienes que ir a la tintorería a recoger un abrigo. Es un trabajo fácil, pero delicado, como cuando te encargan matar a Don Lucchesi en El Padrino III, y le cortas la yugular con la montura de unas gafas. Después de todo, es tu abrigo. Representa uno de tus bienes más preciados. No lo cambiarías por nada. Ni por otro abrigo absolutamente igual, nuevo, con los bolsillos llenos de dinero. Te gusta viejo, tal y como está. No obstante, el sábado tiene que relucir. Es el bautizo de tu ahijado, y sus padres, que no acaban de fiarse de ti, te mirarán con lupa. El lunes, como vas a estar solo en casa todo la semana, tu pareja te deja un post-it amarillo en la puerta. «Recoger abrigo». Pretende asegurarse de que no te olvidas y que llegamos al sábado por la mañana sin contratiempos. LucchesiTe echa esa mirada. Tú no dices nada. Tienes miedo. Y no quieres problemas. Pero un post-it te parece exagerado. Te gusta vivir sin estar preparado para la vida, improvisando sobre la marcha, a ver qué sale.

Si me escriben en un papel que dentro de una semana tengo que hacer tal cosa, aunque solo sea cortar el pelo, o comprar pilas para el reloj de la cocina, siento que mi vida se queda sin clavos ardiendo a los que agarrarse. Se trata de que cada minuto sea una aventura. Aunque sólo salgas a comprar pilas. Tengo un amigo en Soutelo de Montes que en los años ochenta, en plena movida, salió de casa diciendo «mamá, voy a Andorra a comprar pilas, vengo ahora». No importa si todo sale mal. Ya lo superarás. Hay que estar preparado para fracasar con la idea que uno escoge, fracasar nuevamente, toda la vida si es preciso. Me gusta citar a Harold Brodkey, un novelista que disfrutaba escribiendo sin un plan inicial, a la aventura. Si sabía desde el principio qué pretendía hacer, y cómo, no podía hacerlo, abandonaba. No soportaba trabajar con demasiada certidumbre. Algunas cosas, en el momento que están perfectamente claras, se vuelven inaccesibles. En una ocasión quiso trasladar esa improvisación suya, característica, a una novela policial. Buscó un bolígrafo al que agarrarse, como si pendiese de un precipicio, y se puso a escribir a mano. Tenía la teoría de que la máquina de escribir, con su ruido mecánico, se metía en la prosa, y el resultado era un relato lleno de golpes (artículo completo en El Progreso).

Foto: El Padrino III.

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Categorías:Bares, Literatura, Vida diaria

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12 respuestas

  1. ¿Y llegó a tiempo? Sería usted mi héroe. Yo siempre me acuerdo de las cosas a las nueve menos cinco, cuando no hay remedio. Ya no me dejo mensajes con lo que tengo que hacer, porque los ignoro desde el mismo momento en que se quedan fijos en el papelito. Del mismo modo no me sirven las listas de la compra, voy a por limpiasuelos y vuelvo cargada de verduras, porque tengo mala conciencia de comer sólo mierdas, entonces veo la lista y salgo otra vez, y vuelvo a casa cargada de quesos de siete tipos y veo que me he olvidado del limpiasuelos, otra vez. No estamos hechos para las listas, me temo, aunque contengan un solo elemento.

  2. ¡Hostias Tallón! Mejor que bueno; buenísimo es poco. ¿Acepta que le pregunten por curiosidades, a fuer de que no tengan la más mínima importancia?: ¿en qué lectura de Kant estaba, el personaje, enfrascado? Yo, que hubiera dado mi alma al diablo por haber escrito ese texto, hubiese preferido estar leyendo a Husserl, o quizá a Hegel. Kant no tiene partes tan difíciles como estos dos. A KAnt incluso se le puede leer a pelo. Mis respetos, Juan.

  3. Podía Imaginarlo; y seguro que sonó el teléfono justo al iniciar la dialéctica trascendental, no me diga más.

  4. Muy bueno. No le conocía (al autor), y he estado leyendo alguno de sus artículos atrasados. Bastante nivel en todos ellos. Haremos un seguimiento más riguroso en el futuro.

    En éste, y a mi humildísimo modo de ver, hace un retrato de la pura (por no emplear otro palabro) vida, la cotidiana, la que nos creemos que vivimos, cuando en realidad, a lo máximo que llegamos, es a arrastrar trabajosamente el tiempo, atrapados por ese cieno pegajoso que es la rutina.

  5. Yo me pongo post-it de todos los colores por los rincones más insólitos de la casa para recordarme que existo. Y sin leer a Kant, que distrae mucho.

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