Golpe de estado en la Academia

No sé qué habría sido de nuestras vidas si de vez en cuando los porteros de algunos locales no nos hubiesen impedido la entrada, como a perros mojados. Recuerdo que te mataban y te hacían dar la vuelta con un simple gesto. Ni siquiera tenían que decirte que esa no era tu noche de suerte y que mejor te sería irte a la cama y cascártela. Era una ruina, pero visto desde el presente, te salvaba de una ruina mayor. En aquellos días, cuando éramos imbéciles y felices, no lo veíamos sino como una injusticia, equivalente a que te denegasen el acceso al agua potable. AzorinNos gustaba pensar que la noche, aciaga e inhóspita hasta ese momento, mejoraría si entrábamos al local de moda. Cuando te preparabas ante el espejo, antes de salir un jueves en Santiago, lo primero que rezabas era «Señor, que me dejen pasar en Liberty».

Había pocas cosas a las que tuviésemos más miedo que al «no» del portero. Recuerdo una madrugada desoladora en la que Óscar y yo nos plantamos en la puerta y pedimos paso. Llovía como si hiciese sol, y eso nos hacía ser optimistas. «No», dijo el portero, lanzándonos un discurso breve y soporífero. En aquellos días nadie renunciaba a una discusión infructuosa. Nosotros creíamos en el verbo y en morir de pie, e insistimos, como si aquel «no» rotundo fuese un resquicio de esperanza. Tal vez se tratase de un «no» ambiguo, poético, una especie de agente doble. Pero nada consigue doblegar la determinación de un veterano portero. Había un sueño de juventud que consistía en tener un amigo portero, solo superado por el sueño de tener un amigo que trabajase de camarero. Yo capitulé. Óscar, sin embargo, aún se volvió y, entre la lucidez y el absurdo, preguntó: «¿Es porque somos negros?» (artículo completo en El Progreso).

Foto: Azorín.

Anuncios


Categorías:Bares, Literatura, Vida diaria

Etiquetas:, , ,

16 respuestas

  1. Una vez conocí a un portero. Tenía en su casa seis frascos de cristal transparente de a litro, de esos con cierre hermético, llenos a rebosar de pastillas de bonitos colores y formas. ¿Y eso?, le pregunté. Las colecciono. Mucha gente me las da en la puerta para que les deje pasar, o porque les dejo pasar, y no las tomo, pero me gusta verlas en los botes. Cuando le expliqué los problemas de coleccionar éxtasis en un domicilio particular en tamañas cantidades las tiró por el váter delante de mi. Luego nos tomamos un cola-cao en la cocina y hablamos de literatura (le gustaba Kundera). Lo juro.

  2. Los hay providenciales, incluso, por lo que leo, algunos de la Academia. Pienso que debían de haber probado a darle los treinta duros a alguno de los que ocupan y ocuparon sillón. A veces creo que lo de “dar esplendor” se haría mejor con cera la hechicera. Bueno, lo de la Diva, es, como siempre, memorable.

    • A la Diva llegué yo tarde para pedirle matrimonio. Se me había adelantado un desalmado, que además se encargó de hacerle un hijo. Pero algún día subiré con ella a la Giralda.

      • ¿Como me es tan lento, hombre?Suba aunque sea a la torre del oro, antes de que crezca el bebé

      • Mi fracaso siempre fue la velocidad y la astucia.

      • ‘El matrimonio está sobrevalorado’, eso dije yo en mi adolescencia. Si me hubiera pedido matrimonio a tiempo tendría que haberle dicho que no sólo por no desdecirme (lo que uno dice a los 13 a veces cuenta para toda la vida). Lo peor de todo es que subiremos juntos a la Giralda pero no con un niño, sino con dos, si mi bajísima forma lo permite. Los dos son del mismo incauto, que estará encantado de invitarle a usted a un gintónic cuando guste, lo mismo que la que suscribe. Nos duele la boca de invitarle, hombre ya, pásese.

      • Hubiese sido tan feo decir “no”. Pero allá usted. Oiga, ahora que caigo, ¿dos? Eso significa que…? No me diga? Otro? Pero cómo lo hacen ustedes? Es que están todo el día… En fin. Mi sincera enhorabuena!!!

      • Dos, pero tenía otro de antes, con 4 años. Dos veces en la misma piedra. Cuando le conozca le preguntará si viene usted de París, es que está obsesionado con la Torre Eiffel desde que la vio en Google.

      • Le regalaré la dichosa torre. Eso sí, en llavero.

  3. Asombrosamente lúcido, como de costumbre, señor Tallón. Le voy a contar una anécdota de juventud: una vez conseguí un salvoconducto para entrar en cierto local donde siempre me habían negado el acceso. El dueño del mismo, que era amigo de mi padre, me facilitó una tarjeta donde estaba escrito de su puño y letra lo siguiente: “Manolo, el portador de esta tarjeta puede entrar siempre que quiera”. Así de inapelable. Imagine mi satisfacción al ver la cara de panoli del portero tras verse obligado a morder el polvo por una sola vez. Tuvo que dejarme pasar, claro. Luego resultó ser un local frecuentado por vejestorios con una media de edad de unos 50 años (los que estoy a punto de cumplir ahora). De modo que no volví a dejarme caer por ahí, por motivos obvios. Ahora tal vez encajaría mejor en el ambiente, pero el local ha cerrado y, por si fuera poco, he perdido la tarjeta. Esto podría ser el relato perfecto de una victoria pírrica, o sea, de una machada perfectamente inútil.

    • Esas tarjetas nunca hay que perderlas de vista. Conviene llevarlas en la cartera, por lo que pueda pasar, como si fuesen el DNI. Son un salvoconducto. Nunca sabes qué resistencia pueden vencer. Ahora, visto en perspectiva, creo que su problema fue salir de aquel local una vez que hubo entrado. Pasados los años mal sería que no hubiese dado con alguien bien interesante. En todo caso, su victoria fue con el portero, no con los clientes, a los que no pretendía doblegar. Bien por usted. En la vida a lo que podemos aspirar cuando las cosas van bien es a una victoria pírrica, que es casi una derrota, pero sin salir trasquilado.

  4. Una vez, con un par de colegas de fatigas, decidimos ir a celebrar un suspenso en metafísica precategorial a Tropics, la discoteca más famosa de Lloret de Mar. Al ir a cruzar la puerta, a Ramon no se le ocurrió otra cosa que decirle al portero, una mole tamaño armario ropero de dos cuerpos: “Chavalín, si yo fuera tú no me dejaba entrar; ni a estos cabrones tampoco; con que ya verás”. No podíamos dar crédito; Ramon se había vuelto loco. Estábamos a un paso de haber franqueado la entrada. Hay noches en las que aún puedo recordar aquella sonrisa y repetir aquellas palabras: “Pues va a ser que no.” Eso fue todo. La noche no dio mucho más de sí. Fue de esas veces que llegas a pensar que mejor hubiese sido estudiar para no tener qué celebrar.

    Gran texto, como de costumbre. Juan, hoy le deseo salud pero no suerte.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: