Chef contra camarero

El intelectual se fue, o lo echaron, y entonces llegaron los chefs que, groseramente, ocuparon su sitio. No sé qué pensaban que era ser un intelectual. Enseguida se apropiaron de su solemnidad, y empezaron a cocinar filosofía haciéndonos creer que sus platos eran, en cierto sentido, para leer. Te servían una aventura mágica, como en Cien años de soledad, pero liberándote de una lectura que ocuparía largas horas de tu vida, con tediosas notas a pie de página. El chef metido a cocinar una novela es alguien que –valiente cosa– te promete rayos de sol y gloria. Ja. Nada menos. Y después de esa alegría soleada, pregunto, ¿qué? Cualquiera que haya rozado aunque sea con los dedos la felicidad sabe que al poco, cuando se aleja, se produce una gran desolación. Se llama amargura. ¿Dónde está en ese momento el cocinero? SaloonLejos, planchando tu dinero como si fuesen pantalones vaqueros, y tal vez pensando en cómo convertir En busca del tiempo perdido en un postre sutil, ingrávido y gentil como una pompa de jabón.

Entretanto, arrojado a la melancolía, tú sólo tienes un camino por el que huir, así que empiezas a caminar a pasos cortos hacia al bar, donde te espera tu camarero. El camarero, frente al chef, es esa clase de persona que rara vez se toma el día libre, por si apareces de repente, sin nadie más a quien acudir. Personalmente, no tengo dudas de la superioridad del camarero sobre el chef. El camarero no te promete nada, pero recoge tus restos lentamente y los recompone, sin efectos especiales. Te deja en tu sitio, como el que eras, mientras te dice la verdad, desnuda y decrépita, a semejanza de una novela de Onetti. La belleza, al fin y al cabo, siempre es algo cruel y gozosa.

El chef cocina ideas, hila historias con sus platos, y con ese currículo se postula a intelectual, como si serlo fuese algo bueno. Todavía recuerdo a Jorge Ibargüengoitia haciendo pis contra los intelectuales. En uno de sus viajes por Sudamérica, un periodista local le preguntó si se consideraba a sí mismo uno de esos intelectuales tan sugerentes que cada poco daba al mundo México. Ibargüengoitia dio un trago, sonrió seguramente hacia dentro, y respondió que «no conozco a nadie, que no sea completamente imbécil, que a la pregunta de ‘¿Usted qué es?’, conteste ‘intelectual’». Dicho eso, no se consideraba un intelectual, y aconsejaba distinguir esa palabra de la palabra ‘inteligente’ (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Bares, Literatura

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17 respuestas

  1. Brillante (lo cual es una redundancia tratándose de usted, señor Tallón). Si me permite el atrevimiento, yo le daría la vuelta a su interesante símil ¿No le parece a usted que, más bien, es el mundo editorial el que se está mimetizando cada vez en mayor medida con los fogones de los chefs? Yo diría que muchos de los libros que acaparan hoy los primeros puestos de las listas de best-sellers tienen mucho del grato aroma de los platos de master chef, acariciándote la pituitaria y las papilas gustativas, pero dejándote después de haberlos degustado más hambriento que el perro de un ciego ¿No será que son nuestros propios sesos los que están cocinando? Con el lógico e inevitable resultado: la empanada mental.

    • La empanada mental también es un invento moderno. Antes se le llamaba resaca.Y ni siquiera necesitabas estar borracho previamente. Hay una resaca sobria. Peligrosísima. No se cura.

      • Tienen ustedes dos más razón que un santo; aunque para empanadas, y siendo quien propone de donde es, la gallegas mejor que las mentales y a la altura, casi, de las otras; que competir con las resacas, secas o húmedas, se le antoja a uno tarea harto difícil. Tanto como la que les aguarda esta noche en el Manzanares a unos y a otros. Fíjense como cuadra el círculo: Juan podrá emborracharse y yo cenar empanada gallega o, si los dioses me son propicios a mí, emborracharme yo y tener que cenar empanada él. O albóndigas como las que preparaba la otra tarde usted, Jardiel.

      • Señores, por una buena empanada gallega estoy dispuesto a vender mi primogenitura. Por un plato de albóndigas, como ésas las hago yo bastante ricas, quizá intente comprar la de ustedes. Pero desde luego no le arriendo la ganancia al degustador de empanadas mentales. Que tienen mucho de empanada de batallón: dura y reseca.

  2. No sé qué decirle, odio Sevilla porque hay bares de sólo beber que se presentan como bares de comer y eso me confunde. Yo si voy a comer, voy a comer, y si voy a beber, voy a beber, no hay cosa más sencilla en el mundo entero, pero esta ciudad reconcentrada fomenta la confusión. Por extensión le digo que cuando voy a leer voy a leer, y cuando voy a comer ya sabe usted, no quiero que me pongan una teoría sobre el individuo en un platillo de café que me quepa en el hueco de una muela. Póngame usted un potaje y déjese de historias, cualquier intelectual (a día de hoy, hambriento como yo, con mucha probabilidad), secundaría mi moción.

  3. Ya tenía una ganas de compartir mis reservas respecto de los gurus de la alta cocina. Llevamos unos años de culto fervoroso a esa casta de sumos pontífices, que efectivamente se han puesto el birrete de la
    intelectualidad y nos epatan con su jerga plagada de neologismos y sus altas tecnologías fogoneras.
    Resulta que una acab descubriendo que con los riñones al jerez estaba haciendo reducciones, con la tortilla desparramada, deconstrucciones, y fusiones ontológicas con el helado con chocolate caliente(perdón, coulant). Bravo por el post. El final resulta perfecto. Ese si debe ser un viaje más vertiginoso que las camas de NY.

  4. El chef, Sr. Tallón, es imprescindible para que la farsa continúe.

  5. Labor extenuante, hasta para google, pero lo sé de buena tinta, no está en la lista. Son millones, aunque funcionan por células cuneiformes, las listas están abiertas, a la entrada, sin salida. No sea modesto, .

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