Yo me encargo

No existen los trabajos fáciles, aunque los pueda hacer un niño de ocho años. Si te dicen «tengo un trabajo fácil para ti», recházalo. Será tu ruina. Alega que estás enfermo, o que ha muerto tu padre, o que vas a matarlo. Huye. Dirígete a la estación de autobuses. Pide un billete en taquilla. Si se ponen tiquismiquis y te preguntan a dónde, responde que lejos. Cualquier lugar es bueno para empezar desde cero, con un trabajo que no sepas hacer, difícil y sacrificado. Nada hay más comprometido que un asunto sencillo. Enseguida te traerá complicaciones. Hace un año me llamaron de una revista y me encargaron uno de esos trabajos fáciles, que, según el editor, redactas sin bajarte del autobús. «Escríbenos tu necrológica», me propusieron. Acepté encantado. Parecía un encargo sencillo. Solo tenía que resumir mi vida en cuatro pinceladas, y al final añadir la fecha de mi muerte. Ha pasado el tiempo, y ni siquiera he escrito el día de mi nacimiento. No lo encuentro por ninguna parte. El editor ya ha llamado tres veces para descartar que me he muerto de verdad. Lee Harvey OswaldSimplemente, la facilidad se ha vuelto compleja. En cambio, en el plazo que me está llevando redactar mi obituario he escrito dos ensayos supuestamente complejos.

Ya no estoy tan encantado con mi muerte como me pareció al principio. Me faltan los nervios templados de Stephen Spender. El poeta británico pasaba unos días en casa de W.H. Auden cuando éste recibió un encargo del Times para escribir la necrológica de Spender. Ni que decir tiene que, producto del desconcierto, esa noche Auden no durmió demasiado bien. De hecho, cuando por la mañana, durante el desayuno, se sentó a la mesa y tuvo a su amigo delante, no pudo sino confesar el encargo que le habían hecho en el Times. Tal vez porque lo único que tenía era hambre, y no desasosiego, le preguntó a Spender con cierto desenfado: «¿Hay alguna cosa en la que te gustaría que pusiese énfasis?». Después de todo deseaba que la nota necrológica quedase bien. Stephen Spender se encogió de hombros. No sabía bien qué decir. Su vida no era gran cosa. Se abrigó en el silencio, invernal y espeso, y agachó la cabeza. No sabía si confesarle a su amigo Auden que él ya había escrito su necrológica por encargo del mismo periódico.

No todo el mundo vale para escribir una necrológica. Aunque sea la suya. Ni siquiera todo el mundo vale para colgar un cuadro en la pared. Hace unos meses me ofrecí voluntario a mi hermana para colgarle un cuadro que acababan de regalarle. «Yo me encargo», dije con enorme pasión. A la tarde siguiente aparecí con un taladro prestado, una broca del cinco, tacos del cinco, tornillos del cinco, alcayatas del cinco. Todo del cinco, lo que le dio pie a mi cuñado para hacer varias veces la misma broma. Esa noche había Champions, por la mañana había estado leyendo a Sibylle Lewitscharoff y, por lo demás, también había dormido una buena siesta. Era el día perfecto. ¿Quién me iba a decir a mí que me arrepentiría? Naturalmente, no tuve presente aquel consejo que daba Antonio Machado en su Juan de Mairena: «¡Es tan fácil no escribir un drama trágico en cinco actos!». Es esa clase de observación audaz que vale para la literatura, pero que, si aciertas a traducir a taladros y brocas, también resulta útil en el bricolaje.

La tarde adquirió aspecto de error imperdonable cuando me dejaron a solas. No me gustan lo observadores. En el momento menos oportuno, con las manos cruzados, elaboran frases del tipo «¿has medido bien?», «¿eso no estará torcido?». Antes de ponerme manos a la obra tuve la prudencia de abrir la nevera y beber dos cervezas para enfriar el pulso. A continuación monté el taladro con la liturgia de un francotirador. Incluso tuve un breve pensamiento para Lee Harvey Oswald, al que imaginé ensamblando su rifle Mannlicher Carcano antes de armar aquel fregado en Dallas, tan serio. Solo eché de menos disponer de un cigarro, pero lamentablemente no fumo. En ese instante, tener algo que fumar me pareció lo único importante en la vida. Mucho más que colgar un cuadro en la pared. De pronto, experimenté un desprecio insoportable por los agujeros y por las medidas, así que agujereé deprisa, y a ojo. El resultado fueron unos agujeros holgados, por los que entraba un dedo. Y parecía fácil, joder.

No sabía cómo llamar a aquel trabajo. Pero llevaba mi sello. Sospecho que no tenía nombre. Me hizo pensar en aquel joven que un día se acercó a Balzac para pedirle consejo sobre cómo titular una novela que acababa de escribir. Balzac lo miró en secó y observó: «Muy fácil, ¿sale algún tambor?». «No». «¿Y alguna trompeta?». «Tampoco». «Pues entonces está clarísimo… Sin tambores ni trompetas».

Foto: Lee Harvey Oswald

Artículo publicado en El Progreso

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Categorías:Literatura, Periodismo, Vida diaria

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17 respuestas

  1. Y yo que contaba con sus habilidades bicollagers para colgar unos cuadros que salvé del siniestro… A cambio de un arroz con bogavante… Sospecho que serán huevos fritos. Y sin cerveza. Si acaso le redacto el epitafio….fácil ¿eh?

  2. Me alegro de ver que no soy el único del mundo al que le pasan estas cosas. Hace algún tiempo, después de gastarme la friolera de 50 euros en el último grito en taladros, al llegar a casa van y me dicen si no hubiera sido mejor comprar un cuelga fácil en los chinos, por euro y medio. Respondí con una arrogante mueca de desprecio a tal sugerencia, tan poco profesional. El día acabó en la cola del chino, tras haber dejado la pared como un queso de Gruyère.

  3. En alguna parte he leído que el uso de la broca del cinco es una clara señal de romanticismo incorregible.

  4. Yo opté por acomodar los cuadros en el piso y encima de algún que otro mueble para no tener que taladrar las paredes. Es que, entre otras cosas, no tengo taladro. Ni siquiera tengo amigos que tengan taladro. Quizás ahora que ya no hay mundial me haga amiga de gente con taladros. Al menos hasta que empiece la Champions.

  5. Los agujeros mejor holgados. Eso siempre. Yo creo que el trabajo no lo hizo tan mal; acaso faltó rematarlo: preparar un poco de cemento rápido para rellenar el vacío y reducir el diámetro; finalmente con la escarpa dejar el asunto listo para sólo tener que pasar la lija de agua. Con dos cervezas más seguro que la faena hubiese quedado como quien dice de lujo. Sea como fuere únicamente un Vermeer merecería un trabajo más exigente que aquel.

  6. Iba a decir que la culpa fue de la pared. Pero, pensándolo mejor, tuvo que ser del cuñado. Aunque en realidad fue del pintor. Los artistas son gente irresponsable; hacen lo que les peta y luego la gente decente paga el pato.

  7. Aquí le va una difícil: venga a La Habana a conocer un grupo de periodistas que no dejan de leerlo y le prometen noches de intemperie en el Malecón, alguna vuelta en transporte público y calor, mucho calor, aunque bueno lo tienen por allá. Un abrazo

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