¡Abran a la policía!

EN PLENO DÍA de descanso me puse a llenar cajas con libros, frenéticamente, como temiendo que la Policía irrumpiese en cualquier minuto, y descubriese que leía a Edward Bunker. Se trata de un miedo antiguo y frío, que se remonta a los días de la universidad, cuando una mañana, tras una noche de fiesta doméstica, algo escandalosa, llamaron a la puerta. Yo estaba borracho y ni siquiera me molesté en despertarme y preguntar dónde me encontraba. Ese día, por suerte, Eduardo se había levantado temprano para robarle a un vecino El Correo Gallego del buzón. «Ya va», dijo mi compañero de piso. Pero no iba. Entretanto, el timbre sonaba sin respiro. Y él venga a decir «ya va». Y el timbre venga a sonar. Y nadie abría. Y otra vez el timbre, y golpes en la puerta. «¡Abran a la Policía!», advirtieron. Eduardo no soportó más tanta insistencia y explotó con un grito desabrigado y estremecedor: Elia«¡¡Estoy cagando, joder!!». Solo en ese instante me desperté yo también. Me sacudió la franqueza, y no tanto el aullido en sí. El timbre dejó de sonar, como si no pudiese soportar la descarnada verdad. El silencio quedó arrodillado, y cuando abrimos la puerta encontramos a una pareja de la Policía Local, enfadada y etcétera.

Pensé en arrojar algunos libros por el váter, pero recordé a tiempo aquello que contaba el periodista Ilia Ehrenburg en sus memorias ‘Gente, años, vida’, cuando al regresar a Moscú desde la Guerra Civil española, que había cubierto como corresponsal, se encontró en el ascensor de su casa un cartel que decía: «Prohibido tirar libros al retrete». En su ausencia, la posesión de ciertos volúmenes se había vuelto un peligro y, en ocasiones, había que deshacerse de ellos aun a costa de atascar las tuberías.

De vez en cuando miraba algún título, no solo por si me convenía deshacerme de él para siempre, sino también leerlo. En una de estas maniobras, tomé a la vez una novela de Camilo José Cela y otra de Julio Llamazares. La casualidad me hizo reír cansinamente, casi por compromiso. Me vino a la cabeza el día que el premio Nobel llamó a los jóvenes escritores con los que entonces rivalizaba, como Muñoz Molina y el propio Llamazares, «cagapoquitos». (artículo completo en El Progreso).

Foto: Ilia Ehrenburg y Ernest Hemingway.

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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12 respuestas

  1. No me ha impresionado tanto el currículo de Fraga. Me inspira mucha más envidia el caso de Paul Stanley, cantante y guitarrista de Kiss (grupo del que me llevé hace poco la enorme sorpresa de que seguían en activo), quien asegura en una entrevista reciente haber hecho el amor con 4600 mujeres distintas. Teniendo en cuenta que el maromo en cuestión anda por los 60 y descontados los 15 primeros años de su vida, a ojo de buen cubero me sale una mujer distinta cada tres días durante 45 años. Ahorraré chistes groseros acerca de en qué parte del cuerpo merecería que le colgaran la medalla, pero desde luego encuentro que la cosa tiene sobrado mérito (aun en el supuesto de que haya exagerado algo, y solo sean 4000 las féminas).

    • Esas cifras siempre me impresionan. Tienen algo de inconcebibles. Pero en última instancia, les doy crédito. En mi pueblo tuve una vecina, que en paz descsanse, que aseguraba haber hecho el amor un millón de veces, aproximadamente. “Hombre, hubo días de cincuenta”, le dijo un día a un conocido mío.

  2. No retire los libros de Fraga. Quién sabe si un dia le sacan de un apuro. La policía puede llamar dos veces y con su provervial cortesía no lo veo echando mano del recurso escatológico de su amigo.

  3. Si resulta que llamaron dos veces quizá no era la policía sino el cartero; y ya puestos a especular, por qué no iba a ser la mismísima Jessica Lange en camisón que pretendía que le prestasen un libro de Fraga -no la veo leyendo a Llamazares, la verdad-. Aunque tampoco imagino a Lange disfrazada de una pareja de la Policía Local. Por suerte a Eduardo no le dio por despedir la visita con un “volveremos a vernos, cabrones” como, creo recordar, a su abuelo. Gran relato, Tallón.

  4. Admirado Juan. Parece imposible, pero te superas

  5. No lo valide, Señor Tallón: es “a voleo”, ¿no?

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