No toques ese cajón

Mal se tienen que dar las cosas para que a lo largo de una vida, plagada de errores y algunos aciertos, no se nos presenten dos o tres buenas ocasiones para cometer un delito. Hay que tener los nervios plateados e inhóspitos para saber esperar el minuto idóneo. Es fácil precipitarse. En realidad, también resulta sencillo postergar la hora. Si no pones algo de tu parte, el delito se pasará la vida entera ignorándote, aunque permanezcáis en la misma habitación. Su soberbia es perfecta. Cada vez que tuve la oportunidad al alcance de la mano, me desmoroné como esos trozos de ceniza muerta que los cigarros encendidos empujan al abismo. Me provoca un miedo insuperable la posibilidad de un registro domiciliario. Sofía LorenTengo la alambicada sospecha de que podría sobrevivir a la cárcel con un poco de alcohol, los mundiales de fútbol y dos o tres cartas que reciba cada mes de alguna conocida de vista. En cambio, me entra fiebre solo de pensar que un día la policía irrumpe en casa y se pone a revolver en los cajones.

Las infamias que has cometido, y que no has conseguido destruir, pues para eso se necesita valor, acaban siempre en algún tipo de cajón impenetrable, aunque el acceso sea franco. Sabes que ahí dentro, absolutamente cerca, están lo bastante lejos de ti. Cuando no quieres volver a tener noticias de algo, simplemente lo mantienes a tu lado. Es más fácil que acabar con él de una vez y para siempre.

Nadie debería hurgar jamás en tus cajones. Ni siquiera tú. Están hechos de un silencio por dentro que, solo imaginar que no se rompe, me ayuda a dormir por las noches. Me pongo en la piel de todos esos criminales que conducen esposados a su casa, mientras la revuelven de arriba abajo, y me entran escalofríos. Hay cosas en mis cajones que nunca más quiero encontrarme en la vida, como algunas novelas inéditas de juventud, fotos, y hasta alguna carta de amor escrita a mano. Las destruiría, pero tendría que abrir los cajones y ensuciar ese silencio puro y antiguo que reina dentro. A veces pienso en esos escritores que murieron, y al día siguiente sus herederos abrieron todos los cajones en busca de manuscritos abandonados en la oscuridad que hiciesen ruido por dentro, como las huchas (artículo completo en El Progreso).

Foto: Sofía Loren.

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Categorías:Vida diaria

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17 respuestas

  1. Un cajón siempre incita a profanarlo, y ay de los blasfemos, el precio a pagar nunca será en vano, como Eróstrato en el relato de Marcel Schow, arderán para siempre.
    Haga testamento para proteger sus tesoros ocultos de la curiosidad de herederos con exceso de avidez.
    Aunque hay otros recursos. Mi padre que sabía de la aficción de mi tía y yo de hurgar en los paquetes que traía con sus compras, siempre aparecía con algún borondongo que le endilgaba un amigo que sabía de su proverbial despiste a la hora de aprovisionarse de ropa, nos dejó una notita en la caja de zapatos asaltada, que decía simplemente: “Non husmear tanto” . Resultó muy persuasivo.

  2. “Como las huchas”, extraordinario.

  3. “Como las huchas”. ¡Extraordinario!

  4. ¿Mujeres y caballos? Su amigo se impresiona con facilidad, pobrecito. De todas formas creo que es mejor no revisar demasiado nada por aquello de que ojos que no ven…

    • Mi amigo no se impresionó, pero como no podía hacer como que no había visto aquellas cintas, y como tampoco sabía cómo plantear el debate, se fue lejos. Yo desde ahora le digo que me las habría llevado a casa, para echarles un vistazo.

  5. Estimado Juan. Este año eres candidato al balón de oro. Eres exquisito en el pase largo (frase), y preciso en el corto (puntuación). Vas bien de cabeza (artículos bien estructurados), driblas como garrincha (giros del lenguaje). Disparas como Puskas (expresiones contundentes). En fin… ya solo te falta escribir bien.
    Brillante.

  6. Estoy cien por cien de acuerdo con usted. Husmear en según qué sitios puede tener consecuencias terribles. Yo, por ejemplo, acabo de enterarme de que no existen los Reyes Magos, al encontrarme el otro día haciendo limpieza una carta que les escribí de pequeño y que, lógicamente, nunca alcanzó su destino. Menudo trauma. Si a eso unimos que ya no me quedan dientes de leche, con lo cual queda excluido el recurso al ratoncito Pérez, creo que hay que darlo todo por perdido. Bendita ignorancia.

  7. Es comprensible la reacción de su amigo, la perspectiva de incluir un caballo en la relación también me habría hecho salir pitando. Estupendo artículo.

  8. Pinta muy bien el libro nuevo que anuncias en esta página como avance editorial.
    Por cierto, no aía el nombre de “Larousse” desde que tereminé BUP, aquellos tiempos de bibliotecas públicas y vendedores a domicilio

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