«Jabois, supongo»

Hace dos semanas me presenté en casa de Manuel Jabois con una botella de vodka, que en ruso significa agüita, por la afición eslava a los diminutivos. Y al humor. Me he acostumbrado a llevar una botellita de algo cuando le hago una visita, para satisfacer nuestra adicción moderada. Manuel es de esa clase de escritores que hallan sus mejores frases en mitad de la resaca, con vistas al desierto. Completamente a oscuras, escribe con las manos, tanteando la sintaxis, y de ahí su grandeza. Cuando me abrieron la puerta, apareció un señor con pelo largo, diadema y barba, que me sonaba de una novela de Edward Bunker. Iba en pijama y era evidente que no llevaba nada debajo. «Jabois, supongo», aventuré con suavidad, mientras el tipo me atraía hacia él y me abrazaba, Edward-Bunkerquizá para asegurarse de que no llevaba un micrófono encima. «El día menos pensado te pones de parte de la ley», le faltó decirme. Sin acabar de fiarme, pregunté si estaba Ana en casa, y me alejé por el pasillo mirando atrás de vez en cuando.

Me despisté medio segundo y ya tenía a Manolito en brazos, para encargarme de su educación. En esta casa es costumbre que las visitas se hagan cargo de una parte de la instrucción del chaval, y viceversa. Por desgracia, me ocurre lo que a Humphrey Bogart, que en un trance parecido, preguntó: «¿Qué se puede hacer con un niño, si no bebe?» Solo por afán de experimentar, senté a Manolito en el sofá y dejé la botella de Bagoa Doce a su alcance. «Vod-ka,vod-ka», pronuncié muy despacio, con la esperanza de que aprendiese a decir «agüita» en ruso antes que «Jabois» en gallego. Nos acercábamos al objetivo con un estilo rudimentario, cuando el padre salió de una habitación y me preguntó si me quedaba a dormir en casa. A punto estuve de decir «sí» con alegría, sin embargo, en ese instante estival y eterno que a menudo precede a los monosílabos, recordé lo que había sucedido meses atrás en aquel piso con la canguro. Me tomé algunos segundos para enfriar la respuesta y admitir que, en realidad, ya había quedado para dormir en otro sitio (artículo completo en El Progreso).

Foto: Edward Bunker.

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Categorías:Literatura, Periodismo, Vida diaria

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13 respuestas

  1. Extraordinaria, constat et quod mirum splendidis, Tallon! (tanto, que merece el elogio en latín. No en éste, que está sacado del traductor de Google, sino en el de Cicerón por lo menos)

  2. Oiga, esa facilidad de ustedes para provocar la carcajada a qué se debe. Hay quien le echa la culpa a la ternera, gallega of course. Yo creo que es el licor café; algo hace en el cerebro.

  3. Los adjetivos siempre son peligrosos. Tienden a convertirse en etiquetas. Sobre todo cuando los rehuimos y tratamos de reemplazar absurdamente por eufemismos. Piénsese, por ejemplo, en el término “afroamericano”. Hasta que a alguien se le ocurrió la bobada, ya nadie se acordaba ni remotamente de que los negros vinieran de África. Todos dormíamos tranquilos y felices. Ahora, cada vez que vemos a un negro, nos dicen que no nos tenemos que fijar en que es negro, y nos sentimos acometidos por un terrible sentimiento de culpabilidad, al no poder evitar el fijarnos. Es como lo de aquella célebre paradoja: “Trata de no pensar en un elefante”.

  4. Pero,¿En qué quedamos? ¿el vodka no era para Jabois?.¡Pobre Manolito,veo que no acaba la secundaria,
    pero escribirátan bien como su padre y su “canguro” de Vilardevós. ¿menudo par!

  5. ¡No le llaméis Manolito a ese niño, pordiós!

    Como madre de un Manuel que proviene de una larga saga de Manueles, ¡¡no podéis estropear más un nombre!!
    Cada vez que alguien osa llamar a mi primogénito con un Manolito, lolito o Manolitino,.. la miro como si la fuese a arrancar la cabeza de un mandoble.

    ¡¡Flandercitos!! ¡¡Más que Flandercitos!!

    • Las familias que caéis en la ridiculez de crear sagas de Manueles es lo que os merecéis. Cuando llamas a todos los miembros de la familia Manuel, te expones a que un día alguien como yo acabe refiriéndose a tu hijo, querida Bonnie, como Manuelititino.

  6. Para que se asomen al balcón, acabo de escribir a unos amigos un mensaje que dice: aprended, el vodka os hará grandes. Y luego, un enlace a este artículo.
    Ojalá su hígado, amigo Tallón, se mantenga eterno (y que al hígado de Jabois le suceda otro tanto).
    Así los lectores viviremos muchos días de gloria.

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