Tocar de oídas

Nunca le hago ascos a una historia de curas. La incredulidad que te produce te dejan al final de la boca el regusto amargo y sucio de la verdad. Incluso cuando no son ciertas, resultan verídicas. Bien lo decía John Ford al señalar que en sus películas «todo es ficción, pero todo es verdad». Mis relatos preferidos sobre el sacerdocio remiten al sexo, habitualmente. Tal vez porque estudié en un colegio de frailes. Nunca me metieron mano -salvo dos o tres hostias que me dio el director, merecidísimas-, pero mantengo congelado el recuerdo de las primeras pajas en forma de los días azules de la infancia de Machado. Cuando el padre Camilo apagaba las luces del dormitorio, y cerraba la puerta, John Fordlos internos aclarábamos las voces, por así decir, y arrancaba la sinfonía.

Fuera de esta anécdota, me persigue desde hace años un sobrecogedor relato oral de Celso Sanmartín. Yo uso «sobrecogedor» para todo, en especial si no es sobrecogedor. Me gusta exagerar. En según qué casos, es el único modo de aproximarse a la verdad con algo de rigor. En todo caso, la historia de Sanmartín es sobrecogedora. Arranca en una aldea de Lugo. Su sacerdote pasaba de los 50 años. Pongamos que además era un hombre simpático, bien gordo, de ojos grandes, levemente calvo. Esto no recuerdo habérselo oído a Sanmartín; quizá no quiso entrar en detalles para no aburrir. Un mañana empezó a encontrarse mal. Al principio lo atribuyó a una indigestión. En Galicia, sobre la salud rige el derecho a la presunción de inocencia, de manera que cualquier malestar tiene su origen, de entrada, en una comida opípara (artículo completo en El Progreso).

Foto: John Ford.

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Categorías:Cine, Literatura, Vida diaria

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2 respuestas

  1. Tremenda historia, jaja. Últimamente proliferan las historias de curas. Será por eso que me estoy haciendo adicto a los foros de Infovaticana. Se lee cada cosa por ahí (confío en que sea una fase transitoria de mi vida)

  2. Yo conozco una de obispos muy divertida. Le pregunta el profesor al alumno en qué se diferencia un arzobispo de un obispo. Tras pensárselo mucho, responde el alumno que el arzobispo es el padre del obispo, ante lo cual el maestro le dispensa un soberbio capón y le espeta: “Animal, ¿es que no te has enterado de que los obispos no tienen padre?”

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