Llamadas telefónicas

Cualquiera comete un error estúpido, que no parece grave, y que le conduce a la ruina en poco tiempo. Mi amigo Ernesto es funcionario, y el lunes llamó por teléfono a un compañero de trabajo que se sienta a solo tres despachos de distancia del suyo. Podría haberse levantado, y ya de paso salir a tomar un café, hacer unas compras, regresar a última hora, pero eligió la llamada. Las distancias cortas son a veces las más largas de recorrer. No estás libre de una emboscada. En los años del bachillerato, recuerdo que me levantaba a las siete menos cuarto de la mañana, pasaba una hora en un autobús inmundo, en el que al menos se podía fumar. A continuación aún debía caminar 20 minutos hasta el instituto, y cuando al fin llegaba, Argentine Writer Ricardo Pigliaen lugar de subir a clase de inglés o literatura, como me gustaría, me quedaba a jugar una partida de cartas en el bar de enfrente. Ese último paso hacia el aula se me hacía larguísimo. Estaba lleno de trampas.

Hay una forma de fugacidad que no se acaba nunca. Eso es lo que sintió Ernesto solo de pensar en caminar hasta el despacho de al lado, así que abrevió esos pasos todavía más, descolgando el teléfono. Y eso que no tenía nada que decirse con su compañero. Ni siquiera «hola». En media mañana ya se lo habían dicho tres veces, y todas por teléfono. Pero qué importa que no haya absolutamente nada que decirse. Aun en ese caso, siempre habrá algo. Para eso se ha inventado el verbo «hablar», para decirse cosas que ni siquiera existen. Se lo has visto hacer a tu madre un millón de veces contigo.

En fin, Ernesto marcó el teléfono de su compañero, y mientras este descolgaba casi a cámara lenta, en silencio, mi amigo le preguntó con una extraña prisa en el cuerpo: «¿Ya ha llegado el mierdecillas de tu jefe?». Hubo un silencio antiguo, que duró varios siglos, aunque breves, y entonces una voz surgió del frío con esa lentitud con que los ancianos se levantan del sofá: «Sí, hace un cuarto de hora que ya estoy en el despacho». Ernesto colgó precipitadamente, con la esperanza de salvar el anonimato. Era tarde (artículo completo en El Progreso).

Foto: Ricardo Piglia

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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15 respuestas

  1. El teléfono es el fruto del pecado original. Es el castigo por haber pasado del «en principio era el Verbo», al más vacuo «al final sólo es verborrea».
    Mucho bla, bla, bla que nos acerca al be, be, be.
    Se pasa uno toda la vida hablando, y al final se da cuenta de que no tiene nada que decir. Aunque lo diga deliciosamente como usted.
    Un saludo.

  2. Sin duda. Dar un recado urgente, cita médica, el dentista, el pedido del super… Las cosas serias, o agradables, las charlas con amigos, lo bueno de la vida, en casa o en ese café favorito. Previa llamada rápida y concisa.

  3. Cuánta sensatez reunida entre el padre de Piglia y Ud. A mi el teléfono me repugna profundamente. Recuerdo con cariño a una novia que tuve, a la que una vez, cuando quise endosarle la responsabilidad de pedir una pizza, se excusó diciendo que no sabía hablar por teléfono. Quizás debería llamarla para tomar una copa. Saludos.

  4. Para evitar sucedidos como el que usted nos trae he organizado mi vida “libre de jefes”. Me ha obligado a pensar más pero me ha librado de humillaciones, sofocos y, sobre todo, envidias retributivas.
    Del “era tarde” deduzco que tuvo consecuencias directas, del tipo “Ernesto, preséntese en mi despacho de inmediato” o de segundo grado, como la opresiva confusión que invadía a Rodión en Crimen y castigo.
    Mientras le escribo veo, al levantar la vista, varias hileras de oficinistas en el edificio contiguo. Un día u otro todos son Ernestos.

  5. Yo me quedo con la anécdota de Romanones. Un día estaba yo haciendo el payaso en el colegio, ridiculizando al profesor de matemáticas. Había escrito unos garabatos en el encerado e impostado la voz gangosa del profesor. “Tenemos la siguiente función de los reales en los reales…” En eso se abrió repentinamente la puerta del aula y aparece… el profesor de matemáticas. Me preguntó qué estaba haciendo y yo respondí sencillamente: “Estaba explicando a estos compañeros una función de los reales en los reales, señor”. Se puso a reír a carcajada limpia y me dijo: “De acuerdo, siga con la explicación”. Cerró la puerta y se fue. Creo que todavía estoy secándome el sudor de la frente.

  6. Esta historia me recuerda a un amigo que, pensando que era yo, intentó enamorar a mi mamá. La gente tiene primero que averiguar con quien habla 😉

  7. Los teléfonos y juasapes están llenos de pequeños nibelungos que buscan extraer el oro de nuestro desconcierto.
    Lo sé.

  8. Y la satisfacción de colgar bruscamente cuando la voz de la moza americana te tiene acorralado contra su tono siseante, después de haberte despertado de la siesta…?

  9. Incluso en esta época gastaría dinero en una llamada para felicitarte por el texto.

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