Una fiesta de verdad

Algunas fiestas duran años, incluso toda la vida, pero esas no son las mejores. He acudido a fiestas maravillosas que reventó la policía local a la media hora de empezar. Pero qué media hora, señores y señoras. Contenía el resto de medias horas de nuestra vida. Cuando coincidimos, a menudo en otra fiesta, los asistentes seguimos hablando de aquellas fiestas, y qué hermosas y garrafales fueron mientras duraron. Existe mucha confusión sobre qué es y qué no es una fiesta inolvidable. Estos días se habla de esa rave valenciana en mitad de la nada que se prolongó cuadro días seguidos. Me da una envidia relativa. No me da envidia en absoluto, de hecho.Desayuno Para estar una semana borracho, sin descartar el consumo de drogas, prefiero a ese extravagante personaje que protagoniza una de mis escenas preferidas de ‘El gran Gatsby’.

En una de las grandes fiestas que organiza Jay Gatsby en las noches de verano, se nos presenta a un individuo «corpulento, de mediana edad, con gafas enormes y ojos de búho». Pasa por uno de esos personajes predilectos y fugaces que se parece a cualquiera de nosotros. Resulta imposible no tomarle cariño, ya que nos recuerda a un primo de nuestro padre, borrachín, simpático y abandonado por su mujer hace mucho tiempo. Las páginas en que aparece, ese personaje se vuelve un espejo. No llega a la categoría de secundario. Es solo poco más que un extra. Ni siquiera tiene nombre. En mitad de la fiesta, el narrador y una amiga entran en la biblioteca de la mansión huyendo del ruido, y ahí encuentran al tipo de gafas enormes, que les pregunta: «¿Qué les parece?», señalando hacia los libros. «Absolutamente de verdad: tienen páginas y todas esas cosas. Pensé que serían de cartón hueco, resistente. Pero son absolutamente de verdad. Páginas y… fíjense, déjenme que se los muestre» (artículo completo en El Progreso).

Foto: Desayuno con diamantes (1961), de Blake Edwards.

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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14 respuestas

  1. Para fiesta memorable, una bodega en Verán. Hace unos cuantos años. Un grupo de compañeros y amigos celebrando un final de curso. Calor rabioso, empanada y un vino maravilloso que se trasegaba sin
    tregua. De repente, noto un frescor delicioso en la espalda. ¡Qué alivio! Me dejo inundar gratamente sorprendida. La billa de la cuba en que me apoyaba, se había soltado…Volví a Ourense con Pilar morada por dntro y por fuera… Realmente memorable y con un prcioso vestido veraniego hecho un poema tabernario.

  2. Señor Tallón, yo, después de dar y asistir a muchas y muchas fiestas; algunas inolvidables y otras que sí quisiera haber olvidado del todo, he concluido, que las mejores fiestas son las que se dan casi de manera espontánea y entre los amigos más íntimos. Esas fiestas donde precisamente y sin saberlo, celebramos esa cosa maravillosa que es, la comunión de los amigos. A su salud, la de usted; y a la de mis amigos que tanto y tanto quiero!!

  3. Tiene usted razón. Ya no hay fiestas como aquellas. Salvo quizá en los países nórdicos. Donde todo el mundo es amigo de toda la vida. Te tiras media hora recordando viejos tiempos con un fulano de corbata aflojada y habla estropajosa, hasta que descubres que te confundía con otro. Pero no importa. Eso no le quita ni un ápice de mérito a los falsos recuerdos compartidos, que acaban por echar raíces en la memoria lo mismo que los verdaderos, a la manera de los implantes cerebrales de “Desafío total”. Qué importa si lo has vivido realmente o no. Hay cosas que merecen ser verdad y punto.

  4. Tenía 17, 18 años. Era sábado y mayo, quizás y era un cortijo enorme muy recóndito: la mejor fiesta de mi vida. En ella a alguien le dio por verter en los mojitos cantidades industriales de estimulante para caballos. Y yo no bebo, como sabes. Fue maravilloso.

    En otro orden de cosas, este 2015 es el año del amor, así que no es tiempo para fiestas sino para caminar por la calle de la mano de la mujer de tu vida y hacerle caricias mientras se observa la puesta de sol y todas esas cosas que hacen los enamorados.

    Desí SÍ al amor, Tallón.

    • Olvídese del amor. Le conducirá a la felicidad, y si tiene mucha suerte, a la tragedia. Evítese el contraste de sabores. Yo recuerdo una fiesta, a la misma edad que la suya, en la casa del amigo de un amigo que no estaba en casa, y no sabía que celebrábamos una fiesta en su casa. Habíamos entendido que estaba de viaje. Pero algo se precipitó, y el dueño de la vivienda se presentó por sorpresa. Lo demás conviene imaginarlo. Fue atroz y maravilloso.

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