Típica mujer sin parangón

Esperanza Aguirre ya llegó a ese punto incandescente y extraviado en el que se cree Esperanza Aguirre. Es decir, una típica mujer sin parangón. Se trata de un complejo común, que te ataca cuando te tomas demasiado en serio, tal vez porque sales en los libros de texto. Ya el propietario del bar Chasen, en Beverly Hills, solía lamentar que Humphrey Bogart era «un tipo encantador hasta eso de las once y media de la noche. A partir de ahí no lo aguantaba ni Dios. Se creía Humphrey Bogart». Kate MossBajo esa convicción, de vez en cuando causaba destrozos importantes en los muebles del local. En una línea similar, Aguirre empieza a hacernos temer a ese momento –de no retorno– en el que la expresidenta madrileña irrumpe en un desayuno informativo y pregunta al de la puerta si sabe si ha llegado ya Esperanza Aguirre.

Cada uno tiene sus propias obsesiones, que en algunos casos son uno mismo. Siempre que me invitan a una fiesta, aunque sea un entierro, a mí me gusta preguntar si acudirá Kate Moss, por casualidad. No tiene sentido, lo sé, pero es una obsesión. No hay defensa posible contra tus obsesiones, que atacan en rondos perfectos, inexpugnables. Todos tenemos una, cuando no varias. Te ayudan a levantarte de la cama, incluso a hacerla. En el fondo, una obsesión es algo que sepultas en el jardín con una pala, bien hondo, y de allí a un rato está fuera. Aguirre se acomoda a esta metáfora como un guante a la mano. En su caso, le agrada creer que puede salvar a España, y que después de haberlo dicho todo, aun no ha dicho ni la mitad.

Su regreso, en cierto sentido confuso, y quizá irreal, está rodeado de eso que se llama épica, pues estaba muerta para la política y ya no, aparentemente. Pero la épica es una percepción engañosa. En el instituto robé un examen de latín, después de conseguir las llaves del departamento, también gracias a un robo. Al día siguiente bordé las respuestas, épicamente, camino del sobresaliente. La sorpresa fue mayúscula cuando saqué un 2,5. A esto me refiero con la épica. A veces exagera. Esta presencia de Esperanza Aguirre, cuando algunos creíamos que podía al fin estar escribiendo una novela del siglo XIX, y bebiendo bloody marys, a mí me recuerda mucho a aquel Buero Vallejo venido a menos, que llegaba a las cuatro de la tarde a tomar su café y su pipa, y un poeta maldito decía al verlo aparecer por el bar: «Aquí llega don Antonio Buero Vallejo, que en paz descanse».

Foto: Kate Moss.

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Categorías:Literatura, Política

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5 respuestas

  1. Magistral, señor Tallón. Ya lo dijo Sócrates (o tal vez fuera mi amigo Mario, en una noche de copas): “De imprescindibles están los cementerios llenos”.

  2. Lo del sin parangón me escama, prefiero a las mujeres, y los hombres, cómodamente instalados en la mediocridad, fíjese, ahí, como pez en el agua.

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