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El editor de The Sun manejaba la creencia de que una mujer relativamente desnuda, fotografiada en la página tres del diario, te proporcionaba aplomo. La mirabas y, de algún extraño modo, ya te sentías capaz de cualquier empresa. Supongo que a ese editor le agradaba pensar que el instante de abrir el periódico americanbeautyrepresentaba el mejor momento del día para muchos lectores. Es una teoría, en fin. Hay otras. Lester Burnham, el protagonista de American Beauty, prefería masturbarse temprano, por ejemplo. “Aquí me tienen –confiesa al comienzo de la película– cascándomela en la ducha. Para mí, el mejor momento del día. A partir de ahora, todo va a peor”. Y era cierto.

Sin embargo, existen personas que ni siquiera necesitan que el mejor momento de la jornada les proporcione felicidad. Creo que estoy entre ellas. Es como si el bienestar nos dejase para el arrastre.

El desnudo de una mujer en un periódico, o de un hombre, debiera ser fruto de un penoso y largo trabajo de investigación. Recuerdo la primera vez que desabroché un sujetador. Sudaba. Entre unas cosas y otras, empleé hora y cuarto. Cuando acabé me sentí tan radiante, y destrozado, que me levanté de su sofá y me fui encantado a mi casa. En cambio, la foto de The Sun era fácil. Y así durante cuarenta años hasta esta semana, que se acabaron las gilipolleces.

Cosa distinta es cuando un desnudo es imposible, y se produce, casi como milagro, o malentendido. Hace algunos años, de visita en Florencia, una amiga me preguntó si me gustaría posar para su grupo de Bellas Artes. Acepté sin hacer preguntas. Nunca me pareció tan sencillo ganar quince euros. No tenía nada que perder. Cuando ya era tarde, supe que debía posar desnudo. Valoré la situación en décimas de segundo. No tenía escapatoria. En algunas circunstancias ni siquiera puedes ser un cobarde, así que me despojé de la ropa con decisión, como cuando vas a meterte en la ducha, casi acalorado. Cuando al fin estuve en pelotas, vi que mi amiga se acercaba corriendo, y con una discreción bastante ridícula, me susurró al oído: «¿Pero qué haces, imbécil? Sólo tenías que quedarte en calzoncillos». Y me lo decía ahora, la muy zorra.

Pensar que con su publicación el editor creía que estaba haciendo feliz a la gente te hacía recordar a Homer Simpson, cuando gritaba: «¡Oh sí! ¡Mírame! ¡Estoy haciendo feliz a la gente! ¡Qué bien! ¡Soy un hombre mágico que vive en el país feliz, en la casa de gominola de la calle de la piruleta!» Existe una clase de felicidad, como la The Sun, que te sume en la desolación. No hay nada más triste que un cuerpo desnudo expuesto como un trofeo. En el fondo, cuando abres el periódico agradeces encontrarte el mundo desolado, tal como estaba ayer, o peor. Te escupes en las manos, las frotas, y te pones a trabajar para mejorarlo. Sabes que eres un idiota, pero te gusta serlo. Es lo que quieres.

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Categorías:Periodismo

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5 respuestas

  1. Muy grande “Libros peligrosos”. Me emocionó ver reseñado “El día del Watusi”. (Soy el de “Quedarse en Pontevedra”).

  2. Tanto como infravalorado. Y me parece lo mismo Javier Tomeo. Oye, estoy disfrutando un montonazo de tu libro. Me lo leo a los pocos para no acabarlo rápido. 🙂

  3. Sólo una cosa más y ya dejo de dar la vara: eché de menos a Lobo Antunes, al que tengo en un altar.

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