La muerte y diez más

En general, manejo una opinión desfavorable de la muerte, aunque se trate de la mía. Me opongo, digamos. Hay algo en ella que no me deja tranquilo, sin llegar a saber el qué exactamente. Pero hechas estas durísimas afirmaciones, me rindo a la opinión contraria: me declaro partidario febril de la muerte, sin matices. De qué sino íbamos a escribir todo el tiempo, ¿de la vida? Por favor. No quiero ni imaginar una novela sin cadáveres, tristezas, lutos, y al poco alegrías; y vuelta a empezar. Tampoco concibo un periódico sin necrológicas y esquelas. Creo que un diario podría salir a la calle cada mañana con un puñado de obituarios Gay Talesebien escritos, y poco más. Godard decía que lo único que él necesitaba para hacer una película eran una chica y una pistola. Me adhiero a esos aires sencillos. ‘La muerte y diez más’ sería un lema sugerente.

Es agradable sentarse en el porche de casa al atardecer y contemplar nuestra decadencia mientras bebemos con suavidad nuestra zarzaparrilla y la hamaca crepita. Casi puedes ver cómo crece el centeno al fondo, o cómo la ropa que vistes va pasando de moda entre la mañana y la noche. La narrativa de los obituarios, si ignoramos que desemboca en un instante relativamente triste, se presenta a veces tan ingrávida, que diluye la muerte en una especie de esplendor. No miento demasiado si digo que siento debilidad por ella, en el sentido que también estoy de parte del detective corrupto que tiene problemas con el alcohol y una exmujer que lo odia.

Uno de los perfiles más recordados de Gay Talese es el de Alden Whitman, periodista de The New York Times, encargado de redactar artículos necrológicos. ‘Don Malas Noticias’, tituló Talese su reportaje. Cada mañana, al llegar al periódico, Alden iba directamente a la ‘morgue’, la sala donde se archivaban los obituarios anticipados, para revisar las condiciones en las que se encontraban algunos, por si era preciso realizar algún ajuste. Algunos se habían escrito hacía mucho tiempo y requerían una ‘puesta al día’ del personaje. Talese hace notar que cuando Whitman escribía una muy buena nota anticipada, «su orgullo de autor es tanto que no ve la hora de que esa persona caiga muerta para poder contemplar su obra maestra en letras de molde». No me parece del todo mal. Su modo ingenuo de desearle la muerte a alguien era solo un asunto literario (artículo completo en El Progreso).

Foto: Gay Talese.

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Categorías:Periodismo

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11 respuestas

  1. ¡Magnífico! Vive dios que magnífico, Tallón. Saludos.

  2. La fascinación por la muerte tiene una larga y mítica trayectoria literaria, desde Don Juan Tenorio cuando ve pasar su entierro hasta Bruce Willis en “El sexto sentido”. Pasando por “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo. Pero usted propone una interesante inversión temática. En vez de ser el muerto quien no tiene conciencia de su condición de difunto, estos autores de su propia necrológica vienen a revelarse como los únicos conocedores de su deceso, siendo precisamente ellos quienes informan del mismo a sus cándidos e ignorantes allegados. Lúcidas e inquietantes reflexiones, señor Tallón.

    • Imagine ese atardecer, entre tacitas, mientres le dice a la familia que se acerque y forme un coro. La intriga los corroe, y cuando al fin están todos, y en silencio, usted dice: “Queridas y queridos, estoy muerto, felicitadme”.

  3. Solo me puedo imaginar lo gratificante que tiene que ser leer tu propia nota necrológica, escrita por ti, para más inri. Todo ello mientras se escupe el café con restos de cruasán. Un momento memorable, no cabe duda.
    Muy bueno, como siempre. Un saludo.

  4. La muerte es una acosadora, está siempre ahí para darte un cogotazo cuando te despistas. El otro día fui a un entierro, había muerto la madre de una compañera a la que hacía tiempo que no veía, y me desplacé hasta Huelva para acudir. Cuando me vio me dijo: qué alegría! pero qué pena! Y me pareció que esas frases resumían la esencia del universo.

  5. Le tomo la palabra pues.

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