Haga una mudanza

En tiempos de tribulación es bueno hacer mudanza. Siempre es bueno hacer mudanza. Incluso resulta beneficioso estar atribulado, pues se evitan optimismos estériles. Nos sirve para encajar los reveses que propina la semana. Al final estaba en lo cierto Temístocles cuando, tras la segunda guerra del Peleponeso, dijo aquello de que la ruina nos defiende de una ruina mayor. Si crees que la adversidadAudrey se ceba contigo, porque los zapatos nuevos te hacen daño, o porque tu equipo encadena dos derrotas seguidas, la experiencia del cambio de piso relativiza casi automáticamente esa impresión.

Nada parece grave al lado de una mudanza, que resta categoría a cualquier congoja previa, e instaura su propia dictadura. Quizá continúes atormentado, pero será por unas razones distintas, rutilantes, de estrena. Tampoco diría yo que un cambio de domicilio representa el fin del mundo. Se dicen muchas tonterías en relación al fin del mundo, del que proliferan copias de pésima calidad. Ciertamente una mudanza es un horror, algo terrible. Tan terrible, que cada dos años, o menos, me gusta hacer una. Me ayuda a empezar de cero, incluso desde más atrás, como si al finalizar el trasvase de muebles y cajas, y los objetos perdidos para siempre, no supiese caminar, ni escribir, ni poner en hora el reloj del horno, cosa que, sinceramente, tampoco sabía hacer antes de la mudanza. En el fondo, es una cura de humildad. Hay temporadas que acabamos creyéndonos felices y dando por hecho que la esencia de la vida es la inmovilidad.

No me atrevo a afirmar que las mudanzas no acarrean enormes perjuicios. Los acarrean. Desde que la semana pasada me cambié de piso, he perdido el rastro de objetos sin cuyo concurso apenas es viable la vida en la tierra, como el cargador de móvil o los calcetines gordos. Aunque siempre hay consuelo a las pequeñas tragedias. Cuando Lola Flores, a principios de los años 50, recaló a Madrid, un periodista advirtió que la muchacha no sabía cantar, no sabía bailar, «pero no se la pierdan», recomendaba. Muchas cosas malas en ocasiones forman una buena (artículo completo en El Progreso).

Foto: Desayuno con diamantes (1961), de Blake Edwards.

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Categorías:Cine, Literatura, Vida diaria

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4 respuestas

  1. Me alegra comprobar que no soy la única persona del universo incapaz de programar el reloj del horno. Yo, en vez de mudanzas, organizo periódicamente limpiezas de trastero. El viejo placer de arrojar cosas al punto limpio o al contenedor. Y justo al día siguiente descubres que te has deshecho de un documento importantísimo y te pones a bucear infructuosamente en las profundidades del cubo de la basura, como un indigente cualquiera. El viejo amigo Murphy. Nunca se le valorará lo suficiente.

  2. Como le envidio. Yo en mi época más dichosa hice 14 mudanzas. Ahora tengo una hernia…

    Pero, hablemos del pájaro negro. Aquellos famosos relatos erótico festivos ¿no habrán reaparecido junto al cuecehuevos, verdad??

  3. No OSE llamar a la puerta contigua.Puede abrirle un señor de bigote en calzoncillos y usted enarbolando el cuece huevos provocar un conflicto diplomático.De ser así, no caiga en desolación y siga escribiendo aunque esté “desnocado da espalda”. Cuente nos,y al tiempo que nos gratifica ” desflema”.Una alerta.Le llevo limones de esta zona,aderezan el gin tonic que da gusto.

  4. No sé porqué ni cómo has llegado a mi ordenata, pero creo te vas a quedar. Quienes como yo somos desertores del arado, sin miedo al ridículo de darle al índice y la tecla, sabemos apreciar la lectura que está bien desarrollada. Creo que un post encierra en si mismo mucha más calidad y sabiduría que un mamotreto de 1000 páginas. Es por ello que prefiero leer y escribir en un blog, a los premios pactados de Planeta.

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