Adiós, editor mío

El escritor se pasa la vida despidiéndose con la mano, dándose besitos en la punta de los dedos, susurrando un ciao polvoriento y nostálgico. En el largo adiós de la literatura, todos los días se registra alguna pérdida irreparable que, digamos la verdad, viene de maravilla para seguir escribiendo. Hablamos de un material de primera calidad, sabrosísimo, casi tropical. En cierto sentido, la pérdida es un hallazgo. Recordemos la ocasión que Juan Carlos Onetti gastó Lobo Antunesun viernes lluvioso despidiéndose de los últimos cigarrillos de la cajetilla, sin darse cuenta de que por entonces, en Buenos Aires, no se vendía tabaco los fines de semana. El sentimiento de pérdida enjauló al escritor. Sin tabaco no era nadie, así que se sentó ante la máquina de escribir y en una tarde firmó un cuento de cuarenta páginas, que sería la primera versión de El pozo.

Perder es bueno. A menudo, la única forma de escribir un nuevo libro es decir adiós al anterior. En el hueco que deja libre, equivalente a una extensísima y vasta nada, todo novelista sueña que cabrá una obra que sobreviva al tiempo y que lo haga célebre. Todos apuntamos muy alto, para caer, si hay suerte, a media altura, y rompernos sólo algunos dientes. Ya alguien advirtió que muy pocos sueños se cumplen. El resto se roncan. Cuando no puedes ser alguien mejor, debes conformarte con ser tú mismo. Quizá baste. Por debajo aún se encuentran aquellos autores que no escriben como nadie, ni siquiera como ellos.

Tal vez una de los adioses más traumáticos es el del escritor a la editorial en que publica. De vísperas, el autor llora al apagar la luz sin consuelo, como cuando en un atardecer cualquiera, mientras paseas feliz de la vida por el campo, pisas una hormiga y la matas. No hay alivio a un dolor así. Sólo te queda, horas después, salir a celebrar el contrato que, meses atrás, habías apalabrado con una nueva editorial. Todas las historias de amor acaban. Si no muere el amor, que es lo común, mueres tú, como ocurrió con Pla o Delibes. Su afecto por Destino no halló un final. En cambio, Sánchez Ferlosio ha abandonado la editorial tras sesenta años, antes de que los daños fuesen mayores. Vivimos otros tiempos, más veloces y locos. Si existe un sitio en el que parece que nunca pasa nada, mientras se suceden las hostias y los dramas, es el mundo literario. Acaso no esté de más advertir, como hizo Kennedy con Jackie ante su llegada funesta a Dallas, que «nos adentramos en territorio de chiflados».

Pese a todo, el adiós es fértil. Duele, pero mece. Años atrás le oí contar a Antonio Lobo Antunes cómo acabó escribiendo gracias a un dolor inmenso. Un día comprendió que toda su vida había escrito para el pie balanceante de un niño muerto. En su época de pediatra, trabajando con muchachos en fase terminal, no pudo evitar hacerse amigo de José Francisco, un niño de cuatro años que murió de cáncer. El día de su fallecimiento, un celador lo envolvió en una sábana blanca y lo tomó en brazos. Lobo Antunes estaba allí y vio cómo el compañero se alejaba con el muchacho, al que le colgaba un pie de la sabana. El autor portugués nunca pudo prescindir de la imagen de ese pie balanceándose como un péndulo, como si dijese adiós con la mano.

Foto: Antonio Lobo Antunes.

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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1 respuesta

  1. Todos los caminos conducen a la muerte.

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