Blip, blip, blip

Millones de jóvenes en ciudades y pueblos de todo el mundo bordearon la locura en los años ochenta. Tal vez ya nadie lo recuerde, pues la locura consiste en olvidar que un día enloquecimos. Por suerte, el pasado es algo que está siempre a punto de ocurrir, y cuando al fin ocurre, es como si pasase por primera vez. Huele a nuevo; lo tocas y está blando. La publicación en español de La invasión de los marcianitos, de Martin Amis, representa uno de esos acontecimientos llegados del futuro, por mucho que el libro date de 1982. Space InvadersRecién editado por Malpaso, su lectura te deja un “uff” de alivio atascado en la garganta, como un carraspeo. De buena te libraste, te dices, mientras avanzas en la crónica de Amis con la familiaridad de quien pisa su casa, y contemplas los estragos que causaron los videojuegos de extraterrestres.

Pocas veces se vivió tan peligrosamente la felicidad como frente a las primeras máquinas. Todos corríamos en busca de locales en los que jugar a Space InvadersAsteroidsGalaxianCosmic Alien o Missile Comand. No habíamos probado aún nuestra primera copa de Ballantines o J&B, pero ya cometíamos barbaridades en las máquinas de Atari. Martin Amis relata cómo en Japón, con la fiebre del vídeo instalada en las calles, “un crío de doce años atracó un banco con una escopeta. No quería billetes, sólo monedas”. En Inglaterra, otro de catorce, «vendió sus servicios sexuales en un aparcamiento; pedía dos libras o, como él mismo aclaró, el equivalente a diez partidas de marcianitos».

El juego penetraba en tu cabeza como una promesa de enfermedad, y cuando ya estabas lejos de la máquina, tal vez la cama, el video continuaba taladrando tu cerebro, en un presente perpetuo. Stephen Bradley, uno de los campeones de aquellos años, admitía que se quedaba toda la noche despierto «escuchando ese blip, blip, blig, chug y viendo caer los marcianitos verdes sobre mí con los ojos cerrados». Las madres comenzaron a preocuparse; algunas salieron a la calle con hachas, jurando «triturar cualquier máquina de marcianitos» que encontrasen a su paso. En localidades como Somerset, la policía advirtió que la locura de los videojuegos habían doblado los allanamientos de morada. Inevitablemente, el escándalo saltó a la Cámara de los Comunes, donde, con la hilaridad serísima de la que son capaces los ingleses, se despachó el asunto como una cuestión de estado. Los laboristas alentaban una campaña contra los alienígenas, y hablaron de una generación de jóvenes hipnotizada, con ojos vidriosos. Los conservadores, con Michael Brown a la cabeza, defendieron los juegos con vehemencia. En la votación, se impusieron los marcianitos por 114 votos a 94. Brown admitió ante los periodistas que, «de camino al Parlamento, había hecho una paradita en el pub para tomarse una pinta y jugar una partida rápida de Space Invaders».

La prosa díscola y efervescente de Martin Amis nos conduce por los escenarios de las batallas aplicando sobre la narración la primera persona. Después de todo, el escritor británico fue un adicto más a los juegos de guerras espaciales. En cada episodio, casi sin darte cuenta, vas asintiendo con la cabeza, en silencio. Tú estuviste en esos salones recreativos endemoniados y las cosas sucedían exactamente así. El jugador sudaba y se retorcía sobre la máquina, balbuciendo sonidos con los que contrarrestar el blip, blip. Casi podía distinguirse la nube de humo que desprendía la adrenalina. Nunca ganabas, pero siempre podías mejorar, incluso inscribir tus iniciales, con tu récord, en la lista de grandes puntuaciones. La locura estaba en ciernes. El mundo se transformaba en ese preciso momento, y Amis supo ver que la tecnología formaría parte de la cultura popular, hasta ese punto exasperante en que, en cuestión de una o dos décadas, «no habrá ningún motivo razonable para salir de casa». Era 1982, es decir, mañana, casi hoy.

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Categorías:Literatura

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1 respuesta

  1. Inscribir mis iniciales en la máquina del bar de debajo de mi casa era algo grande, muy grande. Qué recuerdos…
    Saludos.

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