Pase, pase, por favor

Me gusta recibir visitas, aunque me cobren. La semana pasada, por ejemplo, vino a casa el experto en carpintería de aluminio. Llevaba una semana y media esperándolo. Había ensayado un par de sarcasmos sobre la seriedad en el trabajo y la gente puntual, pero a última hora me faltó valor y me limité a preguntar si le apetecía un café o una cerveza, que era justo lo que no tenía. El muy hijo de puta los rechazó con un «no» demoledor, casi esdrújulo. Rene LavandNo escuchaba una negativa con tanto músculo desde el instituto, cuando le propuse a Alicia ir al cine y me respondió que «antes me corto las venas».

La siguiente hora la dediqué a observar al técnico con las manos en los bolsillos, para dejar claro quién era el escritor. No me daba miedo que pensase que llevaba meses buscando una idea para una novela, pero no se me ocurría nada. En realidad, eso también lo pensaba yo. En cambio, a él producía placer verlo en acción. Manejaba las herramientas con una habilidad medieval, demoníaca, ante la que llegué a imaginarlo escribiendo una novela con un destornillador de estrella y una llave inglesa, para los capítulos más espinosos. Me hizo pensar en René Lavand, cuando dibujaba a la velocidad de la luz, y lentamente, uno de esos ejercicios de magia con los naipes en los que el truco, claramente, lo ejecutaba con el brazo que le faltaba desde niño. Me parecía inconcebible que la gente no advirtiese que su extremidad amputada seguía maniobrando en la sombra.

Hay ocasiones en que la magia carece de trucos, y se impone. Años antes me había encontrado con una experiencia semejante en un libro de César Aira titulado ‘El mago’. Su protagonista, Hans Chans, acudía a una convención de ilusionistas, donde pretendía alcanzar el título de mejor mago del mundo. Para ello contaba con una ventaja irreductible: era un mago de verdad, que no empleaba trucos. Podía anular a voluntad las leyes del mundo físico y hacer que objetos, animales o personas, él mismo incluido, apareciesen o desapareciesen, se desplazasen, se transformasen, flotasen en el aire, en una palabra, hiciesen lo que él quisiese (artículo completo en El Progreso).

Foto: René Lavand

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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6 respuestas

  1. A mi me gusta que me hagan visitas, pero como tengo dos niños pequeños la gente pone excusas. Con dos mocos revoloteando ya no se puede hablar de mala literatura (ni mucho menos de buena), porque el mayor repite todo, y dice mucho eso de ‘mortalmente aburrido’, pero no para referirse a los libros, sino a nosotros. Eso echa a cualquiera, oiga, con o sin manos en los bolsillos.

  2. Muy cierto lo de la primera toma de contacto. No hay una segunda oportunidad para crear una buena primera impresión. No, no es aforismo de algún filosófo griego. Es el slogan de una empresa….de bricolaje.

    Cada vez más enganchado a lo suyo. Enhorabuena.

  3. Su texto, ameno pero increíble. No por el profesional de la mano en el bolsillo, eso lo constato a diario cuando voy al ayuntamiento, sino por el periodista que contrasta la noticia..!.varias veces!

  4. Llamar al teléfono de un muerto tiene que ser, como poco, algo inquietante. Imagínese que responde.
    Muy bueno señor Tallón.

  5. Señor Juan Tallón, siempre atiendo sus colaboraciones en el A vivir. Hace unas semanas me hizo reir de verdad, con el comentario sobre las barbas de los modernitos de ahora, y la comparación con hace unos años, cuando era más un signo de descuido o de haber estado de juerga.
    Un saludo.

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