Libro, instrucciones de uso

Es bonito ver cómo tu casa se llena de libros que te van empujando a un rincón, con los violines de Bernard Herrmann ardiendo de fondo, hasta que te aplastan como si fueses una cucaracha. Es bonito estar acorralado por miles de novelas gritando como si estuviesen en el fútbol, o en la ópera, en el bar, o en la ducha. Es bonito que ese caos desde el que gobiernas con mano de hierro la biblioteca no te deje encontrar el volumen que buscas. Es bonito todo así, tal como está, como tú has dejado que se ordene solo durante los últimos años. No te gusta, Mujer leyendopor otra parte, encontrar libros fácilmente, sino descubrirlos, como si nunca los hubieses tenido. Es bonito la disposición casi virgen, a veces vagamente oxidada. Son tus libros, joder. Te gusta verlos dormir.

No te molesta que los miren. Entendámonos. No te molesta demasiado. Un poco, sí. Sólo en ciertas condiciones permites que alguien extraiga un ejemplar para leer la primera frase. La primera frase de una novela es una cuestión de educación. Y tú eres un tipo con buenos modales. De Moby Dick, por ejemplo, toleras que lean «Llamadme Ismael». Hasta ahí. Tienes modales, pero no eres papá Pitufo. Si leen la página entera es como si te la estuviesen robando.

Te ponen nerviosas esas visitas que, después de la sobremesa, proponen echar un vistazo a tu biblioteca. No les quitas ojo un minuto. Cuando esas visitas son amigos íntimos, de toda la vida, padrinos de tus hijos, doblas la vigilancia. No te fías. Entran en la biblioteca como si fuese un desván, en lugar de un santuario al que se accede después de hacer la «por la señal de la santa cruz». Cuando adviertes que un título –precisamente ese título por el que matarías a un hombre– les llama la atención, tú vas negando con la cabeza, hasta que te miran. En ese instante chasqueas la lengua. No puedes ser más claro. Ese libro no se moverá de su sitio. Ni ese, ni ningún otro. Pero ese, menos. Tus libros no se prestan. Tendrías que estar muerto.

Tus libros son dinamita, a veces vieja dinamita, lo que los vuelve aún más sensibles y peligrosos. Solo tú puedes manipularlos. Nunca estallarían en tus manos. Eres fatalista y crees que si otros se llevan tus libros prestados y los leen, todo irá mal. Los quieres demasiado como para separarte de ellos aunque sea una semana. Hay semanas muy largas, que duran un año. A veces una semana es «nunca más». Prestar o no libros es la clase de dilema que solo se cruza en tu camino cuando eres joven, idiota y aún crees que los libros solo son algo que se lee. Naturalmente este discurso, tan vehemente, pierde la validez cuando eres tú quien entra en la biblioteca de otro, y adviertes la presencia de un título hechizante. A la que puedas, amigo mío, toma libros prestados, asegurando que los devolverás en breve. Y nunca los devuelvas. Recuerdo que Gabriel Celaya decía que «debes contradecirte para ser más de veras».

La apropiación

Si tu amigo es tonto, es su problema. ¿Es que no te conoce? Tú no tienes la culpa de quedarte con algo que no te pertenece. No, al menos, cuando ese algo es un libro. Cosa distinta es que hablemos de dinero, de un litro de leche semidesnatada, o de una chaqueta que le pediste prestada un día que te sorprendió un anochecer fresco al salir de su casa. Tienes unos valores. No muchos, pero firmes. Cualquiera sabe que una chaqueta prestada se devuelve, sí o sí, antes de que pasen uno o dos años. Pero un libro. Ay, un libro. Y más si hablamos de un libro maravilloso, que te hará feliz, y que no querrás que haga feliz a nadie más que a ti. No, ese libro nunca regresará a casa de tu amigo. Ahora su hogar es tu casa. Es como ese chicle que encontrabas en el suelo cuando tenías cuatro años. Lo recogías y lo comías y te proporcionaba una dicha absoluta. No hacías disquisiciones. De pronto, era tuyo. Y te lo comías. Fin. A partir de cierto punto no hay retorno; ese es el punto que hay que alcanzar, según Kafka.

¿Problemas? Ningún problema. Cuando tu amigo reclama el dichoso libro, tú niegas haberlo tomado en préstamo. Nunca. Jamás de los jamases. Cómo se le puede ocurrir una idea así. Te decepciona. Y si así no fuese, si por cualquier razón sí tomaste el libro prestado, es evidente que ya lo devolviste. ¿Cuándo? Un día que él había salido a hacer un recado y llegaste tú. Le dejaste el libro a su pareja. Qué hizo ella con el libro después no es culpa tuya. Por cierto, el libro era malo de solemnidad, añades. Ni pagándote te lo quedabas.

Cabe la posibilidad también de tomar un libro prestado de la biblioteca pública. Y que ese libro en cuestión sea tan extraordinario, y tan difícil de conseguir en una librería, que no tengas más remedio que apropiártelo. Es lícito, aunque duro. Estás entre la espada y la pared. No recomiendo hacerlo, por supuesto. No. Nada ni nunca. Jamás de los jamases. Aunque yo lo he hecho. Y volvería a hacerlo. Un día entré en una biblioteca municipal, metí Juicio Universal, de Giovanni Papini, debajo del jersey, y me fui discretamente embarazado. Aquella joya estaba descatalogado. Y en aquella biblioteca se moría de tristeza lentamente, qué agonía. Nadie le prestaba atención. Le hice un favor. En cambio, ahora, en mi casa, descansa en una peana, a su vez formada por otros libros.

La custodia

Llega un día que los libros adquieren forma de otros objetos. La acumulación explota y construye extrañas siluetas. Te preguntas si tiene sentido amontonar novelas que nunca volverás a leer. No lo tiene, seguramente. Es decir, lo tiene. En el fondo del corazón de los individuos palpita oscuramente una pregunta inconclusa, que aflora en esos instantes atribulados en los que dudas si continuar defendiendo a ultranza la presencia en casa de ciertos libros. La pregunta es: «¿Y si…?». Todos somos temerosos de un futuro en el que nadie está a salvo de necesitar un libro al que hacía tiempo que daba la espalda. «¿Y si se pone de moda Emilia Pardo Bazán?» «¿Y si un día necesito rescatar una cita de Don Álvaro y la fuerza del sino?» «¿Y si un día me viene bien la biografía de Leandro Fernández de Moratín?». Y si…

Nadie está libre de una desgracia y, desde luego, nadie puede vivir sin el miedo a los peores presagios. Entretanto, no tiras nada a la basura. No prestas nada. Todo es susceptible de ser necesario en la eternidad. Aún me tiembla en un bolsillo de una vieja cazadora una cita de Borges, sacada de El inmortal, cuando dice que «en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas». Así que prefieres estar preparado, por lo que pueda pasar. No durarás más de ochenta años, siendo generoso. No hay más que ver la vida que has llevado en los primeros cuarenta. Pero por si el destino te deparase la eternidad, o un infinito más o menos razonable y corto, no pierdes de vista tu ejemplar de Blasco Ibáñez, cuyo tapa ya se han comido las ratas.

La pérdida

Cuando un libro es malo y te resulta del todo insoportable, no estás libre de perderlo en algún lugar sin retorno. Hay abismos así. Y una desgracia puede padecerla cualquiera. Aunque salimos adelante. Esto nos conduce a un debate muy interesante: ¿qué se hace cuando cae un tus manos el libro equivocado, que nunca debió escribirse, pero que tú –que tampoco eres perfecto– cometiste el error de comprar? Primero hay que dirimir si continúas con la lectura hasta el final, pese a que desde las páginas iniciales escuchas ruidos raros, o si la abandonas sin más y te vas al bar, para reponerte. Todas las opciones son legítimas. Entiendo al que cierra el libro. Entiendo también al que afronta el esfuerzo titánico y llega a la última página. A veces hay que cultivar el sufrimiento, ya que puede llegar a ser una fuente de placer.

Cuando cierras el libro no se acaba, digamos, la rabia. Debes seguir afrontando decisiones difíciles. ¿Guardas el libro? ¿Lo pierdes? ¿Lo tiras a la basura? ¿Se lo regalas a tu cuñado? ¿Dejas que tu perra haga el trabajo sucio, como Joe Pesci en Uno de los nuestros? El debate hierve. Recuerdo que Umbral, apenas detectaba que el libro que tenía entre manos se derretía como un helado, de malo que era, se deshacía de él en la piscina. El fondo estaba infestada de cadáveres. Era un hermoso espectáculo. Tengo un amigo poeta, pobre como una rata, que ante la falta de piscina, incluso de bañera, proporciona a los libros malos destinos menos épicos. Una novela de un afamado autor murciano sostiene la persiana rota del salón. Puesto que mi amigo es pobre de solemnidad, el sofá se sostiene gracias a que una de sus patas es la Metafísica de Aristóteles, cuyas dimensiones de la edición carísima de Gredos –naturalmente robada– lo hacen perfecto para que el sofá esté recto. Ahora bien, si hay que referirse a un bello modo de matar libros, aunque sean buenos, yo me quedo con el clase que siempre demostró Carvalho en las novelas de Montalbán, al usar las grandes obras para encender la chimenea. Ahí es nada, un sueño de juventud nihilista, como cuando te imaginabas en el futuro prendiendo los Lucky Strike con billetes de veinte dólares.

No hay que hacer sino lo fácil, lo que a veces implica no hacer nada.

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Categorías:Literatura

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14 respuestas

  1. La suelta de libros horribles, esos que te regalan cuando no saben qué regalarte pero han oído que te gusta leer, es un deporte muy entretenido. Da mucho alivio deshacerse de los bodrios en un banco cualquiera de la calle.

  2. Poeta tenía que ser su amigo. No hay mejor metáfora que lo del sofá y la edición trilingüe de Gredos: la Metafísica de Aristóteles, que sostiene a Newton y a Einstein juntos, manteniendo erguido tan preciado mueble. Su amigo compuso, a sabiendas, no lo dudo, una epopeya doméstica de hondo calado.

  3. Su artículo me recuerda una frase llena de sabiduría que oí en cierta ocasión: “Hay dos clases de gilipollas: los que prestan libros y los que los devuelven”. Yo pertenezco a las dos clases.

  4. Fetichismo+horror vacui= cualquier día aterrizas en casa de tu vecino con todas tus pertenencias.
    Los libros especiales merecen un sitio; los demás, sin miramientos, se van donados a la biblioteca del barrio, donde los recogen con los brazos abiertos. Quizá porque sólo un par de insensatos optamos por esa vía…
    Hablando de libros especiales, estoy degustando su maravilloso Fin de poema. Dosificándolo hasta el absurdo. No tengo peana, pero empiezo a considerarlo.

  5. Y yo apenas con 40, y apenas con dos hijas a quienes dejar mi biblioteca… Se cae por su peso (aunque riña mi señora).

  6. Al mueble de mi cadena de música (risas) se le rompió una pata y la sustituí por Y dios entró en la Habana, de vázquez montaban. Al final la regalé, el libro lo conservo, por supuesto. De las bibliotecas no he robado nunca, o si? pero a veces me llevo los “expurgo” . También tengo libros que de repente un día descubro como si fueran nuevos. Y los que me prestan, jamás los devuelvo, son los que más me gustan, los miro y sonrio. Somos raros?

  7. algunos vinieron en viaje transatlántico, de librerías remotas…

  8. La biblioteca a la que voy a escribir tienen un ejemplar de la primera edición de El astillero de Onetti. Nadie le hace ni caso. No saben ni que existe ahí. Estoy pensando en mangarlo cuando me vaya del país, cuando ya no vaya a regresar más a la biblioteca ni a ver la cara del bueno de Anthony, que es de Sierra Leona y siempre, siempre es agradable cuando me ve. Pero, demonios, no sé por qué lo dudo…

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