El día que Bolaño paró un penalti

En mitad de la noche, prórroga adentro, atravesando la selva, se llega al punto de penalti, señalado con una mancha blanca, casi de sangre, como si allí estuviese enterrado Oscar Wilde. No resulta un lugar fácil de encontrar. Se necesita un mapa, una cantimplora y suerte, incluso mala suerte. Muchos equipos caen por el camino, en el tiempo reglamentario, o en un rincón de la prórroga, atacados por un hipopótamo. Pero a veces, si intercede un milagro, alcanzas el claro del bosque y el partido vuelve a empezar, ya sin esas larguísimas digresiones en el centro del campo. BolañoA menudo hablar no sirve de nada, y conduce a un monótono empate, sin cafeína. En cambio, en la tanda de penaltis, cada jugador está frente el portero, en un silencio como de cajón cerrado. Es un tú a tú de enorme suspense, que evoca esa escena en la que dos pistoleros dirimen en un duelo al sol quién vive y quién muere.

Se alcanza la tanda de penaltis después de haber llamado a todas las puertas, y que nadie te abra. Llegas tan desmejorado y sediento, que de buena gana le reclamarías al banquillo un chupito y un peine. Antes del lanzamiento conviene aparentar aplomo. Y tener buena presencia. El futbolista se juega cuanto tiene a un golpeo. Es el minuto más trascendente de su carrera (columna completa en El País)

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Categorías:Fútbol, Literatura

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2 respuestas

  1. Uno pueda acaso imaginar la dimensión trágica que conlleva lanzar un penalti de una tanda. Pero si no ha tirado uno en su vida -no es mi caso: yo sí tiré uno una vez- no acertará -como yo no acerté- a asir la gravedad del sentimiento. Sólo recuerdo que tomé bastante carrerilla; pero no lo suficiente. Hubiese querido correr más, alejarme del balón, ir en dirección contraria. Escapar, sí. Llegué al punto fatídico sin saber con que pie chutar; sin saber donde tenía el pie izquierdo y cual era el derecho. Yo soy zurdo cerrado para chutar. Fallé, sí. Y perdimos aquel torneo de verano que se celebraba durante las fiestas del pueblo vecino. El hijo de puta de portero leyó en mi cara que iba a disparar a su derecha. No hizo falta que Mascherano se lo chivara. Para colmo, Eva, la chica más guapa del pueblo aquel -usted ya me entiende- fue la primera en saltar al campo y abrazarlo, la muy zorra. Con lo que a mí me gustaba esa moza. Creo que lo hizo a posta, por fastidiar. Al poco colgué las botas. “Si ni para tirar un puto penalti sirvo…”, pensé. Y era el definitivo, ojo. De haber metido gol quizá nos hubiésemos llevado el torneo. Y hasta a Eva. No, eso seguro que no, Tallón.
    Magnífico, como (casi) siempre.

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