Borracho ocasional

«Haz algo, aunque sea cruzarte de brazos», le dijo en cierta ocasión John Fante a su hijo. Esta es la clase de expresión que sólo entiendes cuando transcurren algunos años, y un día descubres que no vale de nada interponerse en el curso de la realidad. A la postre, todo lo que tratemos de evitar, a menudo ocurre. Y ocurre con fuerza. En una situación así, inquebrantable, que te amenaza, lo mejor que puedes hacer es guardar Querían beberlas manos en los bolsillos. Pero esta es una lección que rara vez escribes en tu libreta de notas. Nos gusta la acción. Y joderlo todo. Ahí tenemos el caso del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Su director quiso retirar una figura en la que sodomizaban al rey Juan Carlos, para no dar que hablar, y al final el director dio que hablar, la obra se expuso, y el tipo tuvo que presentar la dimisión. Lamentablemente no aprendió la lección que proporcionó aquella portada de El jueves en la que Felipe y Letizia follaban –creo que se dice así– mientras intercambiaban comentarios sobre el cheque-bebé. El juez Del Olmo ordenó el secuestro de la publicación, para que no trascendiese. Es decir, se esforzó en hacer algo para detener el curso de la realidad, y se habló más que nunca de la portada.

La realidad es inexpugnable y siempre se abre paso. Me gusta citar, como borracho ocasional que soy, la ley Vostead. Entró en vigor en los Estados Unidos de 1920. Prohibía la preparación de toda bebida alcohólica. Iba a acabar con los males de país y alumbrar una época nueva, sin convictos, sin criminales, en la que los hombres irían erguidos y las mujeres sonreirían a todas horas. El resultado no se hizo esperar, y la nación fue poseída por unas ansias locas de fabricar alcohol. La bebida se convirtió en la obsesión norteamericana. Nueva York, que contaba con 15.000 bares legales ese año, al siguiente pasó a tener 32.000 con una mirilla en la puerta. Se dispararon las detenciones, las penas de prisión, las víctimas por intoxicación, mientras arrancaba la guerra del aguardiente entre los gánsteres, que iba a dejar dos mil cadáveres.

Parece mentira que los legisladores norteamericanos creyesen que la ley Vostead detendría las ganas de pasarlo bien que mueven al mundo. Veinticinco años antes existió ya un antecedente del que no quisieron aprender. En 1895, un alcalde reformista nombró a Theodore Roosevelt presidente de la junta de jefes de policía a de Nueva York. Roosevelt fue un perseguidor implacable del vicio. Como la ley que prohibía a lo bares despachar su veneno los sábados solía burlarse, Roosevelt los cerró, en una artimaña contraria a los brazos cruzados, o en el bolsillo. Se interpuso, digamos, en el curso de la divertida realidad. Eso significó que los dueños de los barres cerrados no tuvieron que pagar protección al señor Richard Croker. Croker era por entonces el líder del Tannany Hall –nombre con el que se conocía a la maquinaria política del Partido Demócrata, clave en el control de las nominaciones en Nueva York hasta 1935, cuando comenzó a debilitarse– y ante la maniobra de Roosevelt reaccionó con audacia. A los pocos día consiguió que un juez dictaminase que no contravenía la ley servir alcohol con una comida, de modo que una sola galleta ingerida mientras se bebía una botella de whisky entera convertía lo ilegal en legal, y la realidad seguía su curso natural y ameno.

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