Asquerosas metonimias

Me pregunto si dice algo de la gente la manera en la que se seca las manos. Tal vez sí. Hace tiempo leí en algún sitio que revela mucho de las personas el modo en que se deshacen de las uñas después de cortárselas. No es lo mismo deshacerse de ellas en el lavabo, que en el fregadero, que arrojarlas por el balcón a la calle. En aquel momento, preocupado por el destino de las uñas, descolgué el teléfono y llamé a un familiar de confianza, intrigado. Tú qué haces con las uñas, le pregunté sin introducciones, pues la curiosidad Marcello-Mastroianni-federico-fellini-11943616-1014-768me quemaba en las manos. «Macarrones. ¿Qué hostia pasa contigo, qué pregunta es esa?» Me pareció que se ponía a la defensiva, como cuando, en efecto, haces macarrones con las uñas de los pies.

Después de pensar en aquel asunto de las uñas durante todo el día, concluí que también dice mucho de una persona la manera de hacer la cama, y si incorpora o no embozo, o si airea previamente la habitación lo suficiente; o la manera en la que interrumpe y reanuda la lectura de un libro; o el modo en que le entrega un cuchillo a un comensal. O, naturalmente, la manera de secarse las manos. Parece un gesto banal. Es banal. Pero. Pero. Pero. Quizá no lo sea tanto. Mucha gente se pone enferma cuando entra en el cuarto de baño de una cafetería, se lava las manos a veces sin jabón, porque el dispensador está vacío, y cuando quiere secárselas no encuentra con qué. Si algo te saca de quicio significa que tiene máxima importancia, por mucho que constituya una estupidez (texto completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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6 respuestas

  1. Todavía no he tenido la suerte de toparme con un secador de manos que seque. Sí, comprendo la emoción.

  2. Su magnífico texto me ha hecho rememorar estampas de mi juventud. Mi primer contacto con un secador de manos de esos que usted menciona tuvo lugar durante mi estancia en Edimburgo, ciudad en la que pasé un curso escolar como asistente de conversación. Todos los días, después de comer en la cantina del campus, hacía la visita al excusado y, a continuación, me secaba las manos en uno de esos artilugios, de los que todavía había pocos por España. Era lo más parecido a una experiencia mística, el momento culminante de la jornada. Sin duda, ello te ayudaba a afrontar la tarde lleno de energía y optimismo. Una toalla de papel no hubiera logrado el mismo efecto, ni parecido. En otro orden de cosas, la anécdota de su amigo y el maniquí me ha traído a la mente cierta película de Berlanga en su etapa francesa, que no se parecía en nada al cine de Berlanga. Era más bien una situación kafkiana. Me acuerdo de que al final terminaban riñendo el maniquí y el protagonista. Para que luego digan que dos no riñen si uno no quiere.

  3. Anteayer, en el área de servicio de Tudela, hacíamos cola todos para secarnos las manos en un aparato como el de Santiago. Su diseño de suaves líneas exige una gran precisión al colocar las manos que contrasta con la chocante eficacia del artilugio, realmente prodigiosa. El bocadillo de jamón con queso, en cambio, era sencillamente lamentable.

  4. Maldito crack.
    Esa máquina de secar las manos no es un objeto, es dios.

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