Ni luz ni mujeres

“Se necesita copista”, decía el anuncio del periódico. No especificaba mucho más, salvo la dirección de un abogado financiero en el distrito de Wall Street. En respuesta, la mañana se convirtió en un hervidero de candidatos entrando y saliendo de sus oficinas. A mediodía se presentó un joven de unos treinta años, que vestía camisa de franela y pantalones de tweed vagamente limpios, y se cubría la cabeza con una gorra de cazador, trasnochada.Melville-Toole Estaba rojo y jadeaba como un perro atropellado. Se acercó lentamente al mostrador y se apoyó, para recuperar el aliento. No le sentaba bien madrugar. Eructó. Se sentía hinchado. Lo atribuyó a la obstrucción de la válvula pilórica. Observó con una leve irritación las dependencias, en las que no descubrió una ventana decente por la que penetrasen los rayos del sol. Resultaba angustioso. Sinceramente, no creía que pudiese trabajar allí. Necesitaba el trabajo, pero no al precio de abrir un ventanuco y encontrarse con una pared de ladrillos tiznados de negro por los años y una sombra perpetua. “Wall Street —susurró para sí— es el ejemplo perfecto de que Estados Unidos se tambalean al borde del abismo, y que la caída del sistema medieval solo ha traído caos y demencia” (artículo completo en El País).

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Categorías:Literatura

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1 respuesta

  1. Tenia que haber contratado a los dos y así le hubieran hundido el negocio como es debido.

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