Un burdel con orquesta

Larsen encendió un cigarrillo viejo y sudado, que ya había estado fumando hacía un rato, y empujó la puerta de La Casa Verde. La oscuridad estaba caliente y le dio en la cara. Al fondo, escuchó una música andrajosa y abofeteada por la orquesta, que componían tres miembros. Había oído hablar durante años de aquel prostíbulo. Onetti-Vargas LlosaExperimentó una emoción algo triste, como si hubiese viajado durante meses hasta Piura, al norte del desierto de Sechura, en Perú, para morir entre caras desconocidas.

La ambición de regentar un burdel perfecto, con putas decrépitas e inverosímiles, había quedado enterrada en Santa María años atrás. Pero estaba destinado a perseguir sueños muertos. Lo mantenían con vida, esperanzado en que su existencia estuviese abocada a un acabamiento sin fin. Quién sabe si no se encontraría en Piura para comprar la casa de putas, y en los últimos instantes de su vida, hacer realidad un anhelo desahuciado. A veces los muertos resucitan (artículo completo en El País).

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Categorías:Literatura

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