Bares inmundos

La literatura transcurre a menudo en bares inmundos, nada literarios. No tienen wifi, hay cáscaras de cacahuetes en el suelo, nadie escribe versos en sus mesas, el café es normalito, no hay papel higiénico… pero son bares perfectos. Cualquier novela querría tener uno. Incluso Borges, tan literario para todo, no Bar inmundoencontró mejor final para El sur que un tugurio oscuro en el que las navajas volaban y los clientes se arrojaban migas de pan.

Todo lo que pase en los bares comunes sólo puede ser verdad, aunque sea inventado. El camarero, el olor a sudor, el ruido de la cafetera, incluso los ceniceros sucios, rezuman literatura. Las historias de Raymond Carver, por ejemplo, están llenas de garitos, a menudo vacíos, sin nombre, a los que llegan los personajes después de una discusión familiar. En Vitaminas, el narrador nos habla de un bar de negros con un dueño que viste camisas hawaianas. Algunos clientes llevan la botella debajo del abrigo, piden una cola y la mezclan. De vez en cuando uno le da un botellazo en la cabeza a otro. Se cuenta que una noche siguieron a un tipo hasta los servicios “y le cortaron el pescuezo mientras tenía las manos ocupadas meando”. Estos son los bares a los que me refiero, oscuros, mugrientos, y algunos días peligrosos. La literatura no sobreviviría sin ellos. Y los escritores tampoco (columna completa en El País).

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Categorías:Bares, Literatura

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7 respuestas

  1. No hay peor cosa que esta espuria obsesión por lo perfecto. En León había un bar llamado “Casa Blas”, que era todo un canto épico a la mugre, con su escatológica decoración a base de matrículas de coches viejos y cigarrillos pegados en el techo. Entrar en él era lo más parecido a una experiencia mística, hasta que tuvieron la infeliz idea de adecentarlo. Todavía me dejo caer por ahí de vez en cuando, pero ya ni siquiera me atrevo a tirar una servilleta de papel al suelo. Tengo la sensación de que detrás de mí va a aparecer un inspector de sanidad con las esposas, dispuesto a llevarme a la guillotina. Hasta qué punto han logrado domesticarnos, Dios mío.

  2. Buen comentario Jardiel

  3. Me encantan esos bares en los que la única mano de pintura en mucho tiempo ha sido para tapar el contorno de un tipo pintado con tiza en el suelo.

  4. Aquí tienes uno: http://lostiposdurosnoescribenblogs.blogspot.com . Pero su gerente, Dave Manilow, no tiene pinta de hacerse a un lado.

  5. Acabo de ver en fisbuk la foto de uno idéntico, que me recordó al suyo y a mi adolescencia, que en los pueblos empezaba mucho antes que en las ciudades; el Bar Chaves, de Verín. Allí pasé horas y horas aguardando que fuesen las 5 para entrar a ver “Dos cabalgan juntos” o “Lanza Rota” o cualquiera de aquellas memorables películas en donde los caballos corrían de verdad, los vaqueros caían de verdad aunque los besos fuesen de mentira. En el bar Chaves nunca faltaba el portugués de mirada aviesa, cigarrillo inclinado hacia un lado y escupitajo presto. Me contaban, no puedo asegurarlo,que el bar Chaves era lugar de cita de los matones a sueldo con sus contratantes para una paliza ocasional, una visita inesperada o una amenaza a las claras. Los cobradores del frac de los años 60.
    En cambio se comían en el bar Chaves unos bocadillos de sardinas de muerte. Una vez ví a la dueña barrer el suelo. Seguramente era por las fiestas de Lázaro.

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