Brazo de gitano

Todos los años, a finales de agosto, por el día de San Ramón, una vecina se presentaba en casa de mis padres con un brazo de gitano. Al principio lo llevaba ella en persona, la invitábamos a entrar, y podía estar hablando dos horas seguidas, sin que nadie se atreviese a interrumpirla. No valía de nada. Era como si Pepa acarrease las frases construidas y planchadas en el bolsillo, atadas unas a otras, igual que esos pañuelos que un mago saca sin fin de una chistera, hasta aburrirte y odiar la magia. Simplemente, las oraciones estaban engalanadas, a la espera, y tenían que salir de una manera u otra. Me agradaba imaginar Taxique si algún día no le permitíamos hablar, o nos metíamos debajo de las camas y no abríamos la puerta, haciéndonos pasar por una de esas familias unidas que en agosto siempre se van de vacaciones a Benidorm o Torremolinos, las frases le explotarían por dentro.

Ahora que Pepa ya es mayor y empieza a estar enferma a menudo, ya no puede presentarse en casa con el brazo de gitano y sus frases encadenadas. Eso no evita, sin embargo, que el brazo de gitano le siga llegando a mi padre, que se llama Ramón, por el día de su santo. Desde hace algunos años, nuestra vecina contrata el servicio de un taxista –siempre el mismo–, que va a buscar el postre a la pastelería, en una localidad a diez kilómetros del pueblo, y lo entrega en nuestra casa, a eso del mediodía. El taxista es tan puntual como ella. «De parte de Pepa», dice, y nos deja el brazo de gitano y se va (columna completa en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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2 respuestas

  1. En tu casa sois raros de cojones…Ahora me explico tu amor por el atleti

  2. Su historia me recuerda mucho a una anécdota de mi hermano, que odiaba la carne mechada. Pues bien; resulta que durante los diez años que estuvo nuestra difunta madre invitándole a comer todos los domingos, el menú fue… ¡carne mechada! Sin que él, por supuesto, se atreviera a decir nada. Y por supuesto que comiéndosela. Hasta que un día se atrevió a levantar esa losa se su pecho: “¡No me gusta la carne mechada!”, osó decir, con el mismo tono con que Leonardo DiCaprio retara a Daniel Day Lewis en “Gangs of New York”. La declaración provocó un tsunami familiar, pero yo creo que tuvo, en general, efectos beneficiosos el que mi hermano no se llevara ese secreto a la tumba. Atrévanse a romper el maleficio y sentirán un enorme alivio. Sé que suena un poco a consejo de Elena Francis, pero yo les garantizo que verán el mundo de otro calor en cuanto se hayan librado del yugo del brazo de gitano. Como dijo Nietzsche, las verdades silenciadas se vuelven a la larga venenosas. No vaya a ser que un día se les indigeste.

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