Soy un gilipollas

En algún momento nos pareció que ir a casa de un amigo, hacernos un bocadillo de Nocilla con chorizo y dejar el suelo o la colcha llenos de migas mientras conversábamos, era un derroche de tiempo. Entonces empezamos a llamarlo por teléfono a todas horas, aunque no hubiese nada nuevo o interesante que decirse. Nuestra madre nos fulminaba con la mirada, pero qué importaba qué pensasen las madres. Qué sabían ellas de la vida. Tomábamos el teléfono, que estaba en el salón, y si el cable era largo, nos íbamos con él a nuestra habitación. Nos sentábamos en el suelo y hablábamos durante duras sobre asuntos de la máxima intrascendencia.

Las tarifas planas estaban por inventarse, y desde el otro lado de la puerta oías a tu madre susurrando «cuelga, que va a llamar alguien». No le hacías caso. Si obedecías a tu madre a la primera emitías una mala señal, como que irías por el buen camino. Media hora más tarde, esa señora, es decir, tu madre, tocaba en la puerta con los nudillos. «¿Pero sigues hablando? ¡Te he dicho que cuelgues!», insistía. Esta vez su tono era más elevado y rasposo. Al otro lado de la línea, tu amigo preguntaba si esos gritos eran de tu madre. «Está buena, pero es una pesada», añadía, y tú te quedabas callado, enfadado y satisfecho al mismo tiempo de lo que acababa de decir (artículo completo en El Progreso).

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