Muertos porque sí

En la larga historia de las muertes porque sí, de vez en cuando me acuerdo del texto que Borges dedicó a Billy the Kid en Historia universal de la infamia. Constituye una muestra del poder absoluto de la literatura, capaz de tomar un hecho horrible, y Billycon ese horror, lleno de esquinas, debidamente destilado, crear un relato de una belleza redonda. Da que pensar.

Ahí dentro, pues el relato parece escrito desde el infierno, a una temperatura que lo tiñe todo de un color rojizo, se percibe exactamente qué es una mente criminal, y cómo actúa al margen de cualquier lógica o compasión. En manos de Borges, esos acontecimientos se vuelven atroces y fascinantes. Algunos detalles carecen del rigor de los hechos reales, que sólo el paso del tiempo han ido revelando, pero él los hace susurrar. Y si un texto de ficción susurra, es que dice la verdad, como en ese instante en el que, abatido Billy the Kid por un disparo de Garret –que sacó el revólver sin levantarse de un sillón de hamaca– su cuerpo se desploma del caballo. La agonía «fue larga y exclamatoria», y sólo cuando ya el sol estaba en lo alto en lo alto, los vecinos se acercaron con precaución al cadáver. Es el momento en que Borges escribe, o susurra, una verdad como un templo, pequeñísima pero indestructible: «Le notaron ese aire de cachivache que tienen los difuntos».

(artículo completo en El Progreso).

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