Dos escritores iguales

El miércoles, durante la presentación de un libro, se me acercó un señor que se llama Juan Tallón. No nos conocíamos de nada, no nos habíamos visto nunca, no somos parientes, y, desde luego, no somos la misma persona. Simplemente, apareció en la librería y me aseguró que era Juan Tallón. Lo miré de cerca, como si estuviese lejos, y nos estrechamos la mano. La tenía fría, pues venía de la calle. Fuera de eso, y de que yo la tenía caliente, ya que llevaba rato dentro, y había bebido dos cervezas, no noté nada especial, parecido a un calambrazo, o a la transmisión de una fuerza secreta. No soy supersticioso, pero en ese instante me pareció inteligente tomar algunas precauciones, así que le pregunté si en estos años pasados había escrito alguna novela titulada El váter de Onetti o Fin de poema. hemingway-writingLa vida está llena de casualidades, de las que, cuando menos lo esperas, se derivan sorpresas desagradables. «No he publicado un libro en mi vida», me aseguró. Y eso no me dejó del todo sereno, pues podía haberlos escrito.

En un momento dado la conversación se vio interrumpida por causas de fuerza mayor, y nos emplazamos a seguir hablando más tarde, cuando finalizase el acto. Aproveché la separación para ponerme nervioso. Años atrás yo había escrito un relato en el que el protagonista se llamaba Juan Tallón, como yo, o como el otro Juan Tallón. Era escritor y había publicado un par de libros que pasaron sin pena ni gloria, razonablemente. Eso no lo desanimaba, y se embarcaba en la escritura de una novela en cuya primera parte se centraba en explicar, en una especie de diario, cómo se había desarrollado la escritura de la novela que se incluía en la segunda parte. Ese artefacto literario lo tituló La pregunta perfecta (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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2 respuestas

  1. La verdad es que no sé si debería explicarle esta anécdota, porque sin duda la considerará una impertinencia, pero allá va. De hecho, es la verdadera explicación de cómo llegué a su blog. Hace muchos años conocí a un tipo precisamente llamado Juan Tallón. Fue en uno de esos trabajos infames que uno hace de joven por pagarse el tabaco y las copas y que luego, en los recopilatorios de anécdotas biográficas, suele ser sustituido por el eufemismo “de cuyo nombre no quiero acordarme”. El tal Tallón era un tipo ausente incluso de sí mismo, extraño hasta renombrar la extrañeza. Sin vicios aparentes, ni siquiera el fútbol, era más gris si cabe que aquel hombre del traje gris que cantara Sabina. Un día como otro cualquiera desapareció del mapa. Lo sorprendente vino cuando al preguntar a una compañera por él, me explicó que, al parecer, Tallón había dedicado gran parte de su tiempo de ocio y no tan de ocio a pergeñar una novela, con tan buena fortuna, que le dio para ganar un premio literario de postín que, si bien no le dio para comprarse un piso, sí le sirvió para enviar a tomar viento aquel trabajo de m… Nunca volví a saber más del amigo Tallón. Incluso a día de hoy. Pero al menos, mi curiosidad por encontrar algún rastro de él en Google, me sirvió para llegar a su fantástico blog.

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