Los ochomiles

En la  biografía  de  todo lector hay momentos de debilidad,  cenagosos, en los que se columpia en libros simples que producen un placer efímero. No permiten que los agarres, aunque tengan ochocientas páginas. Funcionan a semejanza de un holograma o un espejismo. Pasan ante tus ojos, consumen tu tiempo, igual que esos cigarrillos que sostienes en la mano y que el viento fuma por ti, y no dejan huella alguna a medida que se alejan. Es como si nunca los hubieses leído, Ulises.jpgo los leyeses con las luces apagadas, a tientas, en una oscuridad total. Pero como el tiempo a veces te desnuda, y no sabes qué hacer con el sentimiento de hastío, lees con las manos.

Tal vez para compensar ese balanceo en la nada, en otros períodos uno invierte en lecturas peligrosísimas que lo agarran por el cuello, lo arrastran al rincón y lo vapulean. Son los ‘ochomiles’. Sus cicatrices no te olvidan, y tú nunca puedes olvidarlas a ellas. Hace dos semanas, persiguiendo datos borrosos de la vida de William Faulkner, me encontré con que su esposa, en una entrevista al Memphis Press-Scimitar, en diciembre de 1931, confesaba que durante la luna de miel su marido le había hecho leer el ‘Ulises’ un par de veces. «Cuando nos casamos, comenzó lo que él llamaba mi educación. Me dio el Ulises de James Joyce para que leyera. No lo comprendí. Me dijo que volviera a leerlo. Lo hice y al fin entendí sobre qué estaba hablando el señor Joyce» (columna completa en El Progreso).

Ulises (1967), de Joseph Strick.

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Categorías:Literatura

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8 respuestas

  1. Para escalar el Ulises se necesita un sherpa. O varios.

  2. Lo que me enamoraba de un libro era su capacidad para absorberme y aislarme del mundo real por el tiempo que durase. Era como hacer el Camino de un tirón. Vicios de juventud. Ahora lo que me interesa es ir saboreando capítulo a capítulo, concentrándome en los minúsculos detalles que antes me pasaban desapercibidos. Entender por qué demonios tiene que ocurrir lo que ocurre y no otra cosa y qué pasaría por la mente del escritor para escribir tales ocurrencias que a los demás mortales jamás se nos habrían ocurrido. Descarto el alcohol y me inclino por pensar que es un don, un entrenamiento o ambas cosas. Como subir un ocho mil, pero sin sudar…

  3. Confieso que no he tenido estómago para leer el “Ulises” entero más de una vez. Pero hay pasajes que releo constantemente. Mi capítulo favorito es el de la discusión en la taberna con el Ciudadano, con su hermosa saturación de hipérboles. Sublime.

  4. Supoño que xa viches isto: http://armandorequeixo.blogaliza.org/2016/01/11/hat-trick/

    Pois nada, celebremos que “O libro de Tallón é un mecano narrativo, un teselado de estrutura contrapuntística en catro estacións de cinco entregas cada unha…” Non te queixarás: “mecano narrativo”, “estrutura contrapuntística”… Un libro con esta presentación ten que ser a ostia…

    Saúdos.

  5. Pocas veces un puñado de páginas pueden resultar tan extenuantes como ascender el K2 por su cara sur-suroeste. Afrontar el Prólogo de la Fenomenología del Espíritu es una de esas experiencias cuasi místicas. Le confieso que aún hoy estoy convencido de que ni el propio Hegel supo qué coño había escrito al finalizarlo. Incluso resulta reconfortante creer que Hegel no es en realidad tan enrevesado; que sólo se trata de que no sabía escribir.

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