Momentos estelares

Nunca me coincidió, hasta hace unos días, salir de casa con una camisa blanca, sin planchar, y que alguien me felicitase por llevarla tan bien arrugada. En otro momento de mi vida una enhorabuena así, sarcástica, llena de mala hostia, me habría hundido en la miseria. En general, soy una persona muy sensible a los mazazos, por suaves que sean. Pero en esta ocasión me volví, sonreí con satisfacción, y le di las gracias, en un gesto que sonó de lo más sincero. Todo sucedió rápido, en cierta manera como si no hubiese sucedido nunca, mientras esperaba mi turno en una de las cajas del supermercado que hay al lado de mi casa. Era lunes, o miércoles, o puede que sábado. No era domingo, Moixpor ejemplo. En cambio, también podía ser jueves o martes. Sí recuerdo perfectamente que salí a última hora para comprar pan, o tomates, o una botella de aceite de oliva, no sé, y que ese día me había levantado temprano para trabajar a destajo, aunque al final no hice nada.

Yo nunca empiezo a trabajar sin más, tengo que aclarar. Empiezo a empezar, siguiendo unas pautas estrictas, que desconozco, y que sin embargo cumplo. Es un capricho, o una superstición, o quizá una mera inercia. Entre que me siento delante del ordenador para escribir, y finalmente escribo, muchas veces transcurren hasta dos horas, que ni siquiera garantizan que después escriba. Son dos horas en las que no ocurre nada literario. Empezar es una operación delicada, y sobre todo lenta, que si no se acomete con cordura se precipita a su fin. No pocas veces he querido ir muy rápido, y efectivamente he acabado sin escribir una sola frase. ¿Qué hago en ese tiempo? No tengo ni idea. Ni la menor idea. Ni putísima idea. Esa ignorancia es una de mis manías preferidas a la hora de escribir (artículo completo en El Progreso).

Foto: Terenci Moix (Colita).

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Categorías:Vida diaria

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4 respuestas

  1. Ese primer párrafo constituye un perfecto “decálogo” (o doce o cuarto y mitad) del escritor. Al menos este te deja tranquilo si después de haber seguido todos los pasos te encuentras exactamente como al principio o en alguna otra parte.

  2. Reiterar que escribe usted de dulce me parece superfluo. Prefiero confesar que me encanta empezar el día o acabarlo llorando de risa. De nuevo, gracias.

  3. Fue Valle Inclán, en Madrid, al cruzarse con otro personaje con el que mantenía un enfrentamiento y por no caber los dos en la acera, al decirle el “enemigo”: !Yo no cedo el paso a hijos de puta! respondió: Pues yo si. Se bajó de la acera y lo dejó pasar.
    Reaccionar ante lo inesperado es instinto de salvación.
    Claro que siendo en Ourense y hablando de camisas arrugadas, Adolfo is the master!
    Saludos, escritor.

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