Las cosas quieren ser personas

Quién no guarda unas zapatillas que nunca se pone, o libros que jamás volverá a leer, doblados por el lomo, de la artrosis, o camisetas pequeñas, viejas, agujereadas por un porro, que un día fueron sus favoritas, o un mechero sin gas, con su nombre grabado, aunque ya no fuma, o un souvenir ridículo de un viaje perfecto a Roma, o un teléfono en desuso, o bolígrafos que no escriben, o libretas con notas que no cuentan nada, o gafas pasadas de moda por las que ya no ve con claridad, o un New Yorkercarné de conducir caducado que no sirve para circular, o una carta de una expareja a la que a la que hace quince años que no ve, o un ordenador que ya no arranca, y que en su interior guarda la primera tentativa de escribir una novela, influenciada por Umbral…

Son objetos muertos, tiesos, anónimos, a los que le chupamos toda la sangre, que sin embargo son depositarios de una biografía, digamos, doméstica. En concreto, de nuestra biografía. Resisten al paso del tiempo, y a la llegada de lo nuevo, en cajas que a veces guardamos debajo de la cama, o en el trastero, pero también viven a cuerpo en estanterías o, por qué no, encima de la mesa del salón, para que se vean bien. Representan eso que bien podríamos llamar porquería, a la que otorgamos gran valor, y que somos incapaces de tirar. En el fondo, la amamos. Es algo impenetrable, hosco, como tantas otras cosas que nos resultan cercanas.

Todas las casas, por pequeñas que sean, refugian objetos inútiles. Nos negamos a deshacernos de ellos bajo la ilusión de que tal vez un día renazcan y cumplan otra vez un cometido trascendental. Bien puede ser –pensamos en ocasiones para consolarnos– que de repente algo que no poseía ya relevancia alguna, en un instante bellísimo, inesperado, la adquiera.

(artículo completo en El Progreso).

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8 respuestas

  1. Gran artículo, si señor!

  2. Existe, sin embargo, un elemento cultural que ha seguido un camino inverso al de ese proceso de sustantivación que usted tan certeramente describe: me refiero a la música. Antes iba uno a la tienda de discos a comprar expresamente un elepé de Pink Floyd, o The Pólice, o Barón Rojo. Y ya en casa no decías algo tan impreciso como “Voy a escuchar música”, no. Ponías a Golpes Bajos, Dire Straits o Joan Manuel Serrat, según fuera tu estado de ánimo en ese momento. Ahora los jóvenes (y los no tanto) se descargan listas de música enlatada en su iPod, mezclando los sabores al azar. Lo más parecido a esos menús de degustación que están tan de moda, en que se saborea un poco de todo y un mucho de nada. Luego te preguntan qué has comido y te quedas con cara de póker. Con lo fácil que era antes decir “lentejas”. Pero qué se le va a hacer. Es el signo de los tiempos. Saludos, Tallón.

  3. Que bueno y bello artículo, Tallón. Cosas que ya no son para, sino simplemente son tal. Si Heidegger levantara la cabeza se llevaría las manos a la misma. Saludos, Xoan.

  4. Esas “cosas” son lo escrito. Nada existe si no lo nombras, aunque le llames cigarrillos, Winston de batea o Ducados. La dificultad de escribir consiste en decir con palabras aquello que es anterior a ellas, decía Lobo Antunes.
    Claro que la poesía (y el amor) es otra cosa, por encima de los significados de las palabras y de su origen en lo anterior a ellas.

    “-Yo digo que la literatura es lo esencial, lo básico. Todo lo que no sea literatura no existe. Porque, ¿dónde está la realidad? Un árbol lo es porque uno lo está nombrando. Y al nombrarlo está suscitando la imagen inventada que teníamos. Pero si no lo nombras el árbol no existe”
    Francisco Ayala
    Entrevista en el diario EL PAIS el 16/03/07.

    “Mi lucha por la India fue, en su primer asalto, una batalla con la lengua. Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo sólo lo podía facilitar la lengua. Sin conocerla, ese mundo permanecería para nosotros insondable e incomprensible, por más años que pasásemos en su interior. Más aún: descubrí una relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan solo aquello que sabía nombrar, por ejemplo recordaba una acacia pero no el árbol que crecía junto a ella, porque desconocía su nombre”
    Ryszard Kapuscinski
    Extraído de su libro “Viajes con Heródoto”

  5. Amor,
    llego a ti por la palabra.
    Nada existe si no lo nombro
    y tú concurres a mi vida
    cada vez que te digo,
    como una acacia y una caricia.
    Pero,
    del mismo modo que la poesía,
    también llegas invisible,
    sin que te diga mi boca,
    tan real como ese poema
    que nunca escribiré,
    tan real como imaginarte.
    Nada existe si no lo nombro,
    pero tú y la poesía estáis en mí
    muy por encima de la realidad,
    de los árboles,
    de la palabra
    y sois aunque yo no os diga,
    a pesar de lo que piense yo
    y a pesar de toda la literatura del mundo.

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