Colonia Brummell

EN UNA ÉPOCA que no sé si ya ha pasado del todo, me intrigó mucho el origen de los nombres de algunos productos comerciales. Por qué Apple, o Nike, o Porsche, o Salvat, o Casio, o Spar, o Pléiade … A toda costa deseaba saber qué había detrás de esas denominaciones que hacían fortuna, y que para los usuarios se volvían una presencia tan familiar y constante a lo largo del tiempo, que nos habituábamos a ella sin preguntarnos cuál sería su origen. En cierto modo, creíamos que su nombre era una fabricación, como el producto mismo, y no significaba nada, salvo un nombre vacío pero providencial. Me ocurrió con la colonia Brummell. Crecí viéndola en el armario del baño de la casa de mis padres, al lado de un vaso con una cuchilla, Dandyque siempre me parecía la misma, y la espuma de afeitar, cuya presencia me inquietaba por cuanto mi padre llevaba treinta años sin afeitarse la barba, que se arreglaba él mismo con una tijera.

La colonia siempre estaba allí, igual que estaba, al salir por la puerta, en el horizonte, la montaña de Penas Libres, o un poco más abajo el río Barxas, o entre el río y mi casa, el prado de Las Pajaritas. Lentamente, la colonia dentro del armario se convirtió en un paisaje que jamás se alteraba. De hecho, me parecía que la colonia no se agotaba. Nunca vi hueco su sitio. Brummell no significaba nada para mí. Lo relacionaba con una invención que simplemente aspiraba a sonar bien y a quedarse en la memoria de la gente, que lo vería en los estantes de las droguerías, o los supermercados, y lo compraría porque le resultaba próximo, de fiar. Incluso podía que oliese bien.

Pero un día, como digo, entré en una etapa de mi vida en la que me fijaba en los nombres de las cosas, y me preguntaba por qué. Entonces, muchos años después, volví a abrir el armario del baño de mis padres, y distinguí la colonia. Seguía allí, por la mitad, como siempre. Me pareció que me miraba, y se preguntaba de qué le sonaba mi cara, más desgastada, y con barba de cuatro días. Inevitablemente, yo me quedé pensando en Brummell, un nombre del que ahora no podía imaginar por nada del mundo un origen accidental, fortuito. No tardé en darme la razón. Aquella marca, según averigüé, había hallado inspiración en George el Bello Brummell (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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5 respuestas

  1. Es bonito tener referencias inamovibles en la vida, como ese frasco de colonia a medias.

  2. En nuestra vida hay objetos, sabores o fragancias que nos trasladan al ayer. A mi esa colonia me recuerda a mi abuelo, a abrazos y chaquetas de punto, y al frio leonés en las mañanas de invierno. Gracias por traerme esos recuerdos. Siga escribiendo sobre cosas cotidianas, sobre esa cotidianidad extraordinaria. Y siga descubriéndonos el por qué de las cosas.

  3. Hola Juan, pues parece cierto que cada cosa ha de tener su nombre para servir de referencia cuando nos queremos mentar de ella, o queremos que ella nos sirva para llegar a algo.
    Siempre sentí curiosidad por saber el por que de los nombres de las cosas, sobre todo el origen de las palabras.
    Existía en nuestra casa la costumbre-necesidad de que, cuando alguien hablaba de lago y nadie en la mesa sabía decir algo sobre ella o la respuesta a la cuestión planteada, nuestro padre nos “obligaba” a que alguno se levantara de la mesa a buscar un diccionario o la enciclopedia de turno. !Cuanto hemos aprendido así! !Cuanto ayudó a cumplir con el refrán de “no te acostarás sin saber una cosa más”!
    Tu referencia al jabón de afeitar de tu padre, sin usar durante décadas, me lleva recordar mi decisión de no afeitarme (hace de ello treinta y cuatro años) Hoy diría que fue fruto de una catarsis surgida en la “puta mili” cuando los mandos (original término para referirse a los que solo mandanban, nunca pensaban) te prohibían usar barba porque era poco decorosa para los miembros del ejército.
    Una intoxicación alimenticia en nuestro cuartel supuso que nos autorizaran a dejar barba unos días, que gracias a nuestro teniente Gallego (Landín) se convirtió para algunos afortunados en prescindir de la obligación de afeitarse y “Asearse” (como Dios manda) para entrar y salir del cuartel.
    Desde entonces he sentido que rompía con una orden de los “mandos” que me resultaban … eso, anacrónicos o no me resultaban.
    Pero desde entonces en mi baño, en mi neceser, ha seguido existiendo útiles para afeitar y alguna loción de afeitar.
    Apertas Republicanas.

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