Contestadores automáticos

En la época dorada de los contestadores automáticos, si es que existió, me gustaba marcar números de teléfono al azar hasta que saltaba uno, y entonces dejaba un mensaje inquietante. Tenía la ilusión de la vida libre, y aquel me parecía un movimiento en esa dirección. No había todavía nada parecido a los identificadores de llamada, y todo transcurría bajo un hermoso anonimato. Eran días en los que ensayabas cosas horribles y divertidas, sin causar daño a nadie. Vivías en un mundo en el que aún podías sentirte a solas del todo, sin testigos, y hacer lo que te daba la gana. En mi primeras llamadas grababa siempre el mismo tipo de mensaje. «Papi –decía, fingiendo una gran ansiedad–, han entrado unos hombres en casa. Llevan pasamontañas. BogartMe he escondido en tu despacho, pero han cogido a Rosa. Ven pronto, papi». Y colgaba. Después llamaba a algún amigo para contarle lo que había hecho. No se podía ser más imbécil que yo en aquella época.

Me convencía a mí mismo de que el juego de la llamada por error constituía un juego inofensivo. No dejaba heridas visibles. Con el tiempo, sin embargo, vi su crueldad. Me ponía en el pellejo de la persona que llegaba a casa tarde y conectaba el contestador para escuchar los mensajes, tal vez después de una jornada llena de reveses. De pronto, explotaba aquella voz agónica, llamando a su padre, desamparada, y ¿qué hacías? ¿Te cruzabas de brazos, diciéndote que ya sería tarde para salvar a esa familia? ¿Llamabas a la policía? ¿Te limitabas a meterte en tus asuntos y hacías la cena? En adelante me esforcé en dar a los mensajes un tono menos tremendista. El siguiente, ya con una voz fría, llena de confianza en sí misma, le dije al contestador: «Ernesto, mañana es el día. Estate a las siete y media en la esquina de la sucursal. Es víspera de cobros y la caja fuerte estará llena. Todo va a ir bien» (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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8 respuestas

  1. Me has hecho recordar un día de hace como veinticinco años en que, al azar, llamé a un teléfono, y cuando al otro lado un señor de mediana edad me contestó, balbuceé: “¿Está Bea?”. La respuesta me dejó turulato: “Sí, espera…”. Además, me lo dijo con confianza, como si me conociera. Colgué.

  2. Señor Tallón, hoxe á mañá pasei como todos os domingos polo mercat de Sant Antoni dos libros e “responsabilízoo” a vostede da compra de dous libros do Garriga Vela, “El cuarto de las estrellas” (http://blogs.antena3.com/tiempodesilencio/cuarto-estrellas-jose-antonio-garriga-vela-siruela_2014030400037.html) e “El vendedor de rosas” (http://www.elcultural.com/revista/letras/El-vendedor-de-rosas/2504). Mira que teño visto veces “Muntaner 38” e nunca me deu por mercala. Seguirei sobre ela e algún día terá que cair. Pois nada, vostede ten tres e eu xa teño duas e ganas/medo a comezalas. E para que lle bote unha ollada e, sobretodo, para que escoite “Hey Joe” do Hendrix e a versión do Led Zeppelin, que non sei se non mellorará a orixinal, cousa esta da versión que supera ao orixinal á que eu sempre me resistodeixolle isto:

    http://elvotoconbotas.infolibre.es/?p=28388

  3. Le concedo la medalla de plata de la imbecilidad… porque la de oro me la reservo para mí mismo. A mí me dio una época por llamar a los anuncios de contactos, poniendo voz seductora y viril. Pedía información pormenorizada acerca de servicios, precios… Dudo que hubiera alguien más documentado que yo en materia de sexo, y que al mismo tiempo tuviera un desconocimiento tan profundo de la parte práctica. Luego se inventaron los teléfonos eróticos, robándome la idea. Y lo que era una gansada perpetrada por un niñato gilipollas pasó a ser un negocio lucrativo, con pingües beneficios. Quizá debería exigir royalties, pero me da cierto corte. Tendría que revelar mi verdadera identidad. Saludos, Tallón.

  4. No sé si conoce la anécdota de Joe Frazier y su contestador. Era tal el odio que profesaba a Muhammad Ali que en el mensaje decía: soy Joe Frazier, soy el que le ha hecho eso a Ali (en referencia a su párquinson). El rencor es más fuerte que los puños; parece.

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