Una tienda inolvidable

En la calle Pombal de Santiago, casi llegando a Galeras, hubo un pequeño negocio regentado por un matrimonio mayor. Él tenía un bigote amarillo y gris y una amplia cojera, que tal vez no fuese cojera, sino estilo. Algunos días calzaba zapatillas de andar por casa para andar por la tienda. En general, el hombre aborrecía la higiene. Los jerseys le hacían bolas y las camisas tenían lamparones. Usaba gorra y los bolsillos del pantalón le abultaban muchísimo, quizá porque se le juntaban los pañuelos limpios y los sucios.Smoke Ella vestía de negro y no era muy habladora. Cobraba en silencio, suponiendo que conocías de memoria, o por casualidad, el precio de las cosas.

Los días que voy a Santiago y coincide que paso por delante, y ya no veo la tienda, se me abre un abismo y caigo a través de su oscuridad, mientras pienso que yo seré el siguiente en desaparecer. Se la llevó por delante el progreso, o quizá el atraso; nunca se sabe. En su lugar ahora hay una pulpería, o hubo, porque también cerró, y el local está en alquiler.

Aquella tienda nunca conoció una época próspera. En los días que la frecuenté, que podríamos definir como buenos tiempos, ya vivía un mal momento. Supongo que le iba bien así, atravesando una larga y fructífera decadencia. Quizá ya nació vieja y vacía, y por esa razón resistía al paso de los años sin necesitar apenas clientes. A mí me gustaba. Vendían periódicos y revistas más o menos viejas, y al fondo había un locutorio telefónico. Durante un año, yo entré allí todos los días, y en los cinco siguientes, ya sólo de vez en cuando. Vivía a unos cien metros, en la calle Poza de Bar, sobre uno de los puticlubs que en los anos noventa proliferaban en el barrio (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Bares

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4 respuestas

  1. Las pequeñas cosas que nos dejan marcados para siempre… Al lado de mi casa en la calle Burgo Nuevo, en León, había un colmado regentado por un matrimonio. Él se llamaba Flavio y ella era la señora Eusebia (ignoro por qué una tenía título y el otro no). Los dos vestían idéntico guardapolvo de color verde, azul o gris (intuyo que los intercambiaban a voleo, o tal vez durmieran con él puesto). Flavio llevaba, además, boina (de tamaño absurdamente diminuto en comparación con el de su cabeza), gafas de culo de vaso y una cara en todo punto semejante a las hogazas que despachaba (debe ser porque los seres vivos se acaban mimetizando con los objetos que pueblan su ecosistema). Mi madre me mandaba de pequeño a comprar el pan y Flavio siempre me regalaba un caramelo. Ahora hay al lado de mi antigua casa un supermercado de Eroski, absolutamente impoluto, inmaculado e impersonal. O sea, una mierda de sitio. Encima, ni dan caramelos ni nada.

    • Ya nada es lo que fue. Todo ha mejorado, yendo claramente a peor

      • Por cierto, mi casa también la tiraron. Era una casa vieja, con claraboya en el tejado y carbonera en el portal. En su lugar se puede ver hoy una oficina de la Caixa, perfectamente aséptica. Cuando paso por delante me pregunto si los recuerdos de la infancia no serán un implante cerebral, como en aquella película de Schwarzenegger. Saludos, Tallón.

  2. Qué bonito artículo, cuánta añoranza.

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