Escribir es una ruina

«Un libro se vende en la máquina de escribir», afirmó García Márquez durante una entrevista de hora y media con Iñaki Gabilondo en 1996, en casa de Carmen Balcells. La frase poseía carga literaria, flotaba en el aire, pero… ¿Sabe un autor que su libro va a ser bueno y recibirá el respaldo de los lectores mientras lo escribe, y aún no es un libro? Tal vez sea mucho saber. Digamos que el escritor sueña que su libro es bueno y venderá miles de ejemplares. Podemos admitir que un escritor no sepa escribir; es perdonable. En cambio, sería terrible, y gravísimo, que no supiese soñar. Primero sueñas que escribes, y si te despiertas, y hallas la fuerza, las ideas, la disciplina, el tiempo, entonces a lo mejor escribes. Aunque tampoco es seguro. garciaQue casi nada sea seguro simboliza uno de los encantos de la literatura, a los que uno se aproxima precisamente dando pisadas silenciosas y diciéndose, con temor, «a ver».

Cuando García Márquez finalizó Cien años de soledad tuvo la convicción de que era lo mejor que había escrito, sin embargo dudó de sí mismo por un instante, en el segundo que su editor dijo que tirarían 8.000 ejemplares. En los años sesenta, en América latina, representaba una cifra arriesgadísima. «Es un disparate», constató con el autor. «Tengan cuidado», les advirtió por carta a los editores. Después de todo, hasta ese día su libro más exitoso sólo había vendido 70 ejemplares. Y eso que ya había publicado La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la mamá grande y La mala hora. Pero como García Márquez había visto el futuro en la maquina de escribir, esos 8.000 libros «se vendieron en una semana, a la entrada del metro de Buenos Aires».

La historia del éxito arrollador que vino a continuación posee menos encanto, y es menos literaria, que el relato de la ruina que lo precedió, cuando Gabo se tenía sólo a sí mismo. Eran él, su máquina de escribir y sus sueños. Incapaz de avanzar en la novela y cumplir con su empleo de publicista, contaba que una vez su mujer le preguntó: «¿Tú vas a escribir o a trabajar?» Eran incompatibles; debía elegir (artículo completo en El Progreso).

Foto: Guillermo Angulo.

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Categorías:Literatura

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