Un asunto de poca monta

Algunos días me encuentro por la calle con un detective privado con el que trabajé en un periódico hace años. Él llegó a ser redactor jefe, después de mucho tiempo como periodista de tribunales. Tenía criterio, y con el tiempo, acabó dejando el diario. Lo dejó porque tenía criterio, quiero decir. A raíz de eso estuvimos varios años sin saber nada el uno del otro. En parte porque yo me fui a vivir a otro lugar. Cuando regresé seguimos sin vernos porque a veces las ciudades pequeñas hacen imposible que te cruces con ciertas personas. Coincides con todas menos con esas. Pero un tarde, durante un pequeño percance de tráfico, nos reencontramos. Yo iba en mi coche, perfectamente distraído, tratando de aparcar sin mirar, y golpeé el suyo. Cuando advertí que se abría la puerta, y un señor alto, cine-negrocalvo, de bigote, se dirigía hacia mí con pasos largos y enfurecidos, me figuré que me sacaría por la ventanilla y me daría una paliza. Antes de que eso sucediese salí por mi propio pie. Nos reconocimos enseguida. «¡Qué alegría!», dijo, mirando de reojo los cristales del faro trasero.

Aparcamos bien, redacté un parte amistoso para el seguro con prosa periodística. Se lo pasé para corrección, según una inercia del pasado. Después nos fuimos a tomar un café. Me contó que ahora se dedicaba a la investigación privada. «¿No me jodas que eres detective?», pregunté extrañado, con vehemencia. Me admiraba lo que era capaz de hacer a veces un periodista cuando plantaba la profesión. Asintió como esas personas que no dejan de cometer aciertos. Casi en el mismo instante reparé en que llevaba un pequeño bolso cruzado al pecho. Los detectives ya no eran lo que fueron, deduje (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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5 respuestas

  1. Quién sabe: a lo mejor era a usted a quien estaba investigando, y la señora era un simple señuelo.

  2. Siempre tan buen escrito que lo deleita a uno con sus temas

  3. Su detective bien podría ser el mío, alto, calvo y con bigote, salvo por una pequeñez sin importancia; el mío parecía ser algo vago y un tanto boquirrubio. Lo encontré un día, hace años, recostado contra una pared cerca de donde yo vivía. Leía el periódico al sol y de vez en cuando levantaba la vista hacia un portal cercano. Le saludé y le pregunté, por cortesía, nada de curiosidad, qué haces por aquí. No le costó nada contarme que estaba vigilando a un obrero de baja y que estaba convencido de que se iría al Railly de Portugal con unos amigos. Le deseé suerte a regañadientes y me fui por mi camino. Fue entonces cuando me llamó. Tú podrías hacerme un favor, me dijo. Tú dirás. Podrías vigilarme ese portal y ver si sale con sus amigos, mientras yo voy a comer..?

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