Los viejos ruidos

Oí una vieja máquina de coser en funcionamiento y el sonido me deslumbró. Durante un instante todo a mi alrededor se quedó en pausa. Me dio pena no llorar. Estaba en medio de uno de esos momentos perfectos, en los que las lágrimas demuestran que te sientes feliz. Era mediodía y me encontraba en casa de un vecino, y del fondo del piso llegó un sonido decadente, de inalterable belleza, que reconocí como la banda sonora de muchas tardes de mi juventud, cuando no salía. Mi madre tenía una Sigma de pedal y su traqueteo llenaba las horas. Producía una compañía casi física. «¿Y ese ruido?», le pregunté al vecino. «Mi suegra y su máquina de coser; una vieja Singer», explicó. Asentí con secretismo, y mientras nos íbamos, iba pensando que hay ruidos que andan toda la vida con telefonouno, aunque ya no los oiga casi nunca. Los oyó y se quedaron con él para siempre. Ningún olvido los desgasta. Son imperecederos. O inmortales. Quizá cuando muramos sigan sonando entre nuestro polvo.

Desde esa visita no dejé de anotar viejos ruidos, que podía escuchar aunque no sonasen. Funcionaban como una máquina del tiempo. Todos juntos podrían ser el título de los capítulos de una autobiografía. Si se tira de ellos, a imitación de un hilo, se desencadenan imágenes, fechas, diálogos, sentimientos. Se te viene la vida encima. Son sonidos comunes. Todos los hemos oído y a todos nos han hecho compañía, a menudo sin darnos cuenta de que nos hacían compañía.

La lista de sonidos familiares ya ocupa un folio por las dos caras. Los primeros que escribí, después del ronroneo de la máquina de coser a pedal, fueron el del disco del teléfono fijo cuando regresaba a su posición original y seguías marcando el número al que iba a llamar, y el del balón en el momento de golpear la pared las tardes que no tenía con quien jugar y el muro suplía a los amigos. A partir de ahí se desataron muchos más, que llegaban como campanadas (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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5 respuestas

  1. Qué recuerdos.
    El sonido del inicio de la primera canción del disco que más ponía mi madre. Diana, de Paul Anka.
    El hipo y la tos de mi padre, cuando enfermó.

  2. Le felicito por su prolija relación. Yo añadiría los chisporroteos del vinilo al discurrir la aguja por los surcos defectuosos. Formaban parte del ritual. De hecho, a día de hoy me encanta seguir escuchándolos. Prefiero mil veces la imperfección del vinilo a la espuria pulcritud de los CDs o los soportes informáticos. Son el equivalente a las sillas de plástico de los Burger Queen. O al plástico de las propias hamburguesas.

  3. El sonido de la máquina de proyección en el cine Buenos Aires…

  4. El sonido de la clerical bofetada que te otorgaba el profesor de latín al ver que no habías hecho los deberes, sonido que sentías un microinstante después de sentir el impacto. Como cuando cae un rayo el sonido no te avisa, siempre llega a destiempo, cuando ya se ha producido el desastre.

  5. Bueno, esto es un buen resumen de una historia, pero nada más.

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