¿Por qué amar un lápiz?

Afilar lápices me parece todavía hoy una de las acciones más bellas que existen. Suena vagamente a violín, y su olor a madera remite al hogar. Recién afilado, el lápiz produce una ínfima felicidad, tal vez solo superada, en el hecho de ser ínfima y ser felicidad, por una libreta de estrena. El sacapuntas es una máquina perfecta, ligera, que se fue deshaciendo de componentes pesados como cables, ejes, motores, muelles, hasta quedar reducido a una sutil lapizcuchilla fijada a un diminuto cuerpo de plástico o de acero. El futuro parece que se fuese aclarando a medida que giras la punta del lápiz en su interior.

Quizá el lápiz sea el gran objeto de la infancia, la juventud, la madurez y la ancianidad, indistintamente. Nada desgasta su prestigio. Pasan los años, las libretas, las hojas, las ideas, las notas, los dibujos y sigue haciéndonos la misma ilusión de siempre comprar un Staedtler Noris HB 2, made in Germany, de franjas amarillas y negras. ¿Cómo no admirar al pueblo alemán, y hacerlo antes por ese lápiz, frágil y agudo, que por los hierros de ThyssenKrupp o Siemens, y su pesada inteligencia? El 81% de los alemanes utilizan lápices de manera habitual. Tal vez por eso Staedtler, nacida en Nuremberg a mediados del siglo XIX, y su gran rival, Faber-Castell, fundada más tarde en Berlín, son las dos grandes referencias mundiales de la escritura, el dibujo y las manualidades (artículo completo en El Progreso).

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