Instrucciones para ordenar la mesa

Algunos días la vida entera desemboca en tu mesa de trabajo, en la que se agolpa un caos apremiante, que hace chispas. Montañas de carpetas, anotaciones inservibles en post-it, columnas de libros que imitan a los ladrillos, cervezas casi vacías, portarretratos, el teléfono, lápices, libros abiertos boca abajo, unas pocas monedas, bolígrafos sin tapa, tazas de café, fundas de gafas, cucharas, unos auriculares, tapas de bolígrafo, velas, el ordenador portátil, libretas abiertas y cerradas, cables, un ejemplar de recuerdo del Frankfurter Allgemeiner Zeitug, una pala de juguete de tu hija o, en las peores horas, un martillo y un trapo con la piel de una manzana. Todo cae ahí, lenta y peligrosamente, casi a escondidas, hasta que la visión del desorden se vuelve hostil, y te paraliza. mesaPrimero no era nada y a continuación ya era una bomba haciendo tic tac que desmoraliza a cualquiera, igual que las mañanas que te levantas jovial, subes la persiana, y al ver la calle mojada apenas encuentras fuerzas para balbucear un «llovió», y aplazar todos tus planes. Solo sabes que todo sucedió delante de tus narices, y que no lo viste llegar.

El desorden busca en sigilo las horas del hastío. Te vigila, y cuando bajas la guardia, ataca. Equivale a una lluvia para el interior de las casas. Bastan unos ratos de apatía, o que pienses que tienes cosas más importantes que hacer que devolver las cosas en su sitio, para que tu mesa se llene de objetos. Se posan y dicen «me quedo, yo soy de aquí». En cierto sentido, es un motín. La revuelta la lidera a veces un libro que tomaste de la estantería a la búsqueda de un subrayado que le hiciste hace años a una página. Ese libro llama a otro, pariente lejano, y en el que persigues una pasaje que case con el anterior, y ese libro reclama un lápiz, y un lápiz lleva a un marcapáginas, y este a un café recién hecho, y el café a unas migas de galleta, y esta a una idea, y la idea exige un post-it, rápido, así sucesivamente hasta que se declara la guerra ante tus narices (artículo completo en El Progreso).

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4 respuestas

  1. Un amigo dibujante me contaba de un amigo dibujante que fue a Asia, no recuerdo el país, a un estudio dedicado a hacer películas de animación. El nivel de trabajo era tan demencial que, según me llegó, tenía un colchón debajo de su mesa de trabajo y era allí donde dormía. El colchón debajo de la mesa tal vez sea la solución y el refugio cuando las cosas sin sitio te han ganado el terreno y ya no te dejan entrar. ¡Gracias por el artículo!

  2. Qué buen artículo. Con todo, lo peor es cuando compartes mesa, tú eres un obseso del orden, del espacio diáfano, y tu pareja va dejando en ella todo eso que dices (coca cola en vez de cerveza, te en lugar del café, y hasta cenizas de incienso). A mí me pasa. Y es apabullante.

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