Solo un cigarro más

León fumaba cuatro paquetes de Celtas con filtro, y en los últimos tiempos de Ducados. Nunca tosía. Murió la semana pasada. Tenía setenta y seis años. Lo atropelló una furgoneta. Me contaron que en ese momento se dirigía al estanco a por tabaco, y no miró. Iba pensando en lo importante. Durante mi infancia me crucé con él casi a diario, cuando me dirigía y regresaba del colegio. Siempre estaba sentado en el crucero de la plaza. Nunca tuvo un trabajo, ni aficiones, ni amigos. Recibía una pensión. Su tiempo se agotaba en fumar. Cuatro paquetes exigían total dedicación. Para fumar así había que cuidarse, evitar distracciones, renegar del deporte, incluso de la vida social.Audrey Me gustaba pensar que por las mañanas ponía el despertador temprano para fumar antes del amanecer, y cumplir con su ambicioso plan, y por las noches se decía «solo uno más y a la cama».

Rara vez hablaba, y nunca devolvía una mirada. Su vista descansaba casi siempre en la punta humeante del cigarro, que equivalía a cierto infinito, donde el tabaco se convertía en ceniza, y a veces en una idea. Una vez un amigo se acercó a él, por curiosidad, quizá con algo de admiración y miedo, y le preguntó por qué fumaba tanto. No le respondió, simplemente subió y bajó los hombros, como si no supiese que fumaba. Entre las pocas ocasiones que escuché su voz, una señor que se había sentado en el crucero de la plaza, a su lado, una tarde de verano, empezó a hacer gestos con las manos, tratando de apartar el humo del cigarro. León se volvió alertado por los aspavientos, y le preguntó si acaso le molestaba su cigarro. «Sí, me da asco el tabaco», aprovechó para decir el señor. Poco impresionado, León asintió lentamente, casi con gran inteligencia, y dijo: «Ah, como a Hitler». Y siguió fumando aquel cigarro y después otro y otro. Resultaba emocionante el instante en el que acababa un pitillo y, sin conceder demasiada importancia al final, catapultaba la colilla con dos dedos y la enviaba lejísimos. Después encendía otro cigarro y la vida empezaba de nuevo. Así ochenta veces al día (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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1 respuesta

  1. La anécdota de Onetti me ha hecho buscar algo más sobre él y he encontrado un artículo también tuyo, en Jot Down, de esos larguísimos que hacéis, pero muy valioso.
    Que conste que me siento un poco frustrado porque no acabo de desentrañar su obra, me seduce pero no consigo entrar en ella. Intenté Juntacadáves, La vida breve, y no sé si alguno más. Y los tengo en casa. No sé, quizá debería haber empezado por “El pozo”, según dicen.
    Las anécdotas del papel por debajo de la puerta, con su letra, diciendo que no estaba, para disuadir a los visitantes, y los viernes de creación literaria, como momento de mayor esplendor de su vida, me han encantado.
    De estos personajes tan singulares me pregunto cuánto hay de verdad y cuánto de leyenda. Cuánto en él de real y cuánto de fingido. Y cuán insoportable hacía, a los que le rodeaban, su manera de vivir.

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