Azafatas

Hay cosas que seguimos haciendo porque ya se hacían antes, y tenemos miedo a complicarnos la vida si las cambiamos. La antigüedad siempre despierta compasión. Tememos más a su pérdida que a su infamia. Definitivamente, nos resulta difícil mover las cosas viejas de su sitio. Preferimos dejar que sea el tiempo el que las cambie. Pero el tiempo se cruza de brazos y fluye, no hace nada, actúa por dejadez. Por eso sobreviven las azafatas bellísimas, con un cuerpo diez, encima de los podios, donde entregan ramos de flores y reparten besos entre los ciclistas, o en el paddock de los circuitos,Giro vestidas con shorts, para sujetar una sombrilla sobre las cabezas de los pilotos, o en los descansos del baloncesto, durante el que bailan y sonríen, a menudo en mallas y top.

Los años no mueven un dedo, los días se almidonan, siempre pasa lo que sucede. Al final, las cosas solo cambian si las cambias tú. Parece difícil. Y sin embargo, algunas cosas muy difíciles se pueden hacer con un dedo, como si fuesen fáciles. Por ejemplo, erradicar la figura de la azafata, abocada por los magnates que controlan ciertas disciplinas deportivas a desempeñar un nocivo rol: ese en el que ha de vestirse para la ocasión y situarse ante el espectador para que la mire, tal vez resople, diga uf, y piense que la vida, con todas sus amarguras, se ablanda si hay un cuerpo femenino en el que clavar los ojos. (artículo completo en El País).

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Categorías:Fútbol

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